El Universo "oscuro"


 El Universo que comprendemos parece ser muy oscuro, la vieja paradoja de Olbers va más allá de ese cielo nocturno que nos maravilla, y la oscuridad que envuelve las noches de Luna nueva, no es nada comparada con la oscuridad que da forma a su propia naturaleza. Es extraño que para dar respuesta a esta incongruencia científica, planteada hace más de cuatro siglos por Johannes Kepler, hayamos creado una naturaleza del Universo más oscura que las noches que la suscitaron. El Universo en expansión que hemos descubierto, y que da una respuesta a esta paradoja, está compuesto principalmente por Materia oscura y Energía oscura. La primera porque no se ve y la segunda porque no la comprendemos, pero juntas conforman el 95% del Universo, dejándonos un minúsculo 5% de materia ordinaria para nuestra comprensión lógica y científica.

Tanto la Materia oscura como la Energía oscura surgieron para explicar observaciones efectuadas a lo largo del siglo veinte tras los extraordinarios descubrimientos de Edwin Hubble desde el observatorio del Monte Wilson, que demostraban la naturaleza inflacionaria del Universo que habitamos. En el caso de la Materia oscura, parece ser la responsable de las fuerzas gravitatorias que amalgaman los miles de millones de estrellas que conforman todas y cada una de las Galaxias del Universo. Y en el caso de la Energía oscura, es la misteriosa fuerza responsable de aceleración constante de la vieja expansión descubierta por Hubble y que a finales del siglo pasado se descubrió como una inflación que provocaba el acelerado distanciamiento de todas las Galaxias que detectamos.
La idea de Energía oscura, oscura por desconocida e incomprendida en este caso, surgió por primera vez como una constante cosmológica de la mente de Albert Einstein. El Universo estático que defendía Einstein evidenciaba la existencia de una fuerza gravitacional repulsiva que contrarrestara las distorsiones espacio-temporales de su flamante modelo propuesto en la Relatividad General. Albert Einstein propuso la existencia de una constante universal que explicaba elegantemente la naturaleza y el estado del Universo de entonces. Pero la observaciones de E. Hubble en el año 29 le hicieron renegar de esta idea llegándola a considerar él mismo, como el peor error de su carrera. La idea de un Universo estático quedó relegada definitivamente, y su constante cosmológica brillantemente desarrollada, innecesaria ya, para el nuevo Universo inflacionario. Pero como siempre, en el caso de Albert Einstein, ésta idea, como otras surgidas de su portentosa imaginación, no ha dejado de merodear por los oscuros laberintos de la física hasta hoy.
 
Esta misteriosa fuerza repulsiva supone nada menos que el 70% del Universo según el modelo actual, nacido de una inexplicable gran explosión y según parece, en una acelerada expansión de la que es responsable. Sin la intervención de esta fuerza, el modelo inflacionario actual no tendría una explicación plausible y por lo tanto, no necesitaríamos un milagroso inicio de sospechosa intervención divina, en el que se hace imprescindible otra fuerza más misteriosa si cabe, que Newton llamó Gravedad y que Einstein descartó en su teoría. Así que a fecha de hoy, el modelo aceptado católicamente (o universalmente) está construido en base a dos fuerzas fuera de toda lógica científica mantenidas únicamente por la fe. La Energía oscura que no comprendemos y la Gravedad, que a pesar de haber quedado probado en la Relatividad General de Einstein que no existe, nos empecinamos en mantener tozudamente sin ningún motivo coherente. Entre la fuerzas fundamentales de la naturaleza, seguimos manteniendo en un lugar privilegiado a la antigua Gravedad de Newton, de la que el mismo dijo no comprender y prefirió dejar en manos de Dios, y sin embargo dejamos fuera de esta categoría ésta desconocida, que supone casi tres cuartas partes de nuestro Universo.
 
Es posible imaginar un modelo más simple de Universo que descarte todas estas misteriosas fuerzas, acorde con el Universo estático de Fred Hoyle y Einstein, y que sólo implique a la única fuerza de largo alcance que hemos conseguido describir empíricamente y que no consideramos fundamental por lo obvio de sus efectos: La vieja Inercia de Galileo, en la que basó Newton todo su trabajo, y sólo tras las grandes e indispensables contribuciones matemáticas de Descartes y Kepler, que le llevaron al desarrollo de su equivocada teoría de la gravitación universal. Si todos los cuerpos que observamos en el Universo han evolucionado a partir de un empuje inicial o inercia, en un Universo sin fuerza de Gravedad que lo impida, esa fuerza inercial original se mantiene indefinidamente cambiando su energía de estado potencial y cinético cíclicamente sin resistencia alguna que merme su valor inicial. Así el pronóstico erróneo hasta la década de los 70, de la caída permanente de la Luna hacia la Tierra, se transforma en una Luna en permanente alejamiento de la Tierra a causa del impulso inicial de la acelerada rotación de una Tierra joven y en plena formación, como predijo en el siglo XIX George Darwin y que se ha demostrado perfectamente correcto en sus cálculos hasta hoy día.
 
Si imaginamos un Universo donde todos los objetos que lo componen surgen de los centros respectivos que observamos en sus órbitas, y que nos han hecho creer en la existencia de unos círculos que no podemos demostrar con la matemática, nuestra mejor herramienta lógica, no es necesaria ninguna fuerza misteriosa que lo sustente artificialmente. Podemos imaginar las órbitas elípticas como intercambios cíclicos y armónicos del estado de fuerzas que estudió Galileo en sus años de cautiverio, al final de su vida. Al igual que la Luna emergió de una joven Tierra en formación y con una enorme velocidad de rotación, la Tierra al igual que el resto de planetas de nuestro sistema solar, emergió hace miles de millones de años de su estrella, tal vez como residuo de la constante síntesis los distintos átomos de la materia que conocemos, y que acaba con la formación del Hierro, justo el elemento principal de nuestro planeta, y el del resto de planetas sólidos de nuestro sistema solar. Desde el momento del nacimiento de un objeto la Inercia que lo impulsó en forma de energía cinética va transformándose en potencial hasta llegar a un punto dónde toda toda esta energía transformada en potencial, vuelve a transformarse en cinética en un ciclo infinito y permanente. Podríamos visualizar un oscilador armónico que aumenta constantemente la Longitud y Amplitud de su onda sin fuerza alguna que frene su impulso inicial. Únicamente con esta fuerza inercial aplicada en el comienzo de un sistema de fuerzas tendríamos como resultado un Universo en permanente y acelerada expansión pero que permanecería estable sin necesidad de principio ni final, un Universo estable y eterno sustentado exclusivamente en la lógica de nuestra comprensión de la realidad.
 
La Materia oscura, oscura por su naturaleza indeterminable, multiplica por cinco la materia ordinaria con la interactuamos en el mundo físico que comprendemos. Su existencia se dedujo en los años 30 a partir de las interacciones gravitacionales de un cúmulo de galaxias, en la que se evidenciaba la presencia de mucha más materia de la que se observaba. 40 años más tarde, en la década de los 70, una astrónoma americana confirmó esta hipótesis observando el movimiento de las estrellas alrededor de las galaxias espirales. Vera Rubin observó que en las lejanas galaxias espirales las velocidades angulares de las estrellas, a distintas distancias de su centro, parecían ser las mismas, algo que contravenía la segunda ley de Kepler y que sólo se podía explicar por la presencia de mucha más materia en la Galaxia. Desde entonces esta materia fantasmal que sólo actúa gravitacionalmente, invisible en todas las frecuencias electromagnéticas que detectan nuestros ingenios tecnológicos, sigue siendo clave y fundamental para explicar las agrupaciones galácticas que forman las estrellas.
 
Parece que en los años 30 las ideas de Einstein ya no eran tan respetadas como en la década anterior, cuando su teoría de la Relatividad General dejó absolutamente claro que vivíamos en un mundo de espejismos físicos en los que el tiempo y el espacio deformaban la realidad que creíamos observar. Ninguna de estas observaciones tuvo en cuenta la distorsión espacio-temporal y el efecto distorsionador que produce en nuestra percepción. La malla espacio-temporal de nuestro espacio tridimensional está llena de vórtices provocados por la masa de los objetos que componen nuestro Universo. Nuestro Sol con su enorme masa provoca una acentuada distorsión espacio-temporal que a su vez, provoca un efecto físico que desde hace mucho tiempo confundimos como una fuerza, la Gravedad; pero Einstein demostró que era producto de un espejismo físico, y que era la distorsión espacio temporal la única responsable de este efecto. Sin embargo, a pesar de ser conscientes de este engaño sensorial y físico, la eclíptica tridimensional del sistema solar la reconocemos perfectamente plana, nuestros receptores sensoriales no detectan estos enormes y profundos vórtices, la Tierra está en el plano del ecuador solar, y no sólo la Tierra, la totalidad de los objetos de nuestro sistema planetario parecen estar suspendidos en esa eclíptica perfectamente lisa que corta el plano de la esfera solar por su parte más oronda.
 
Si esto no es suficiente para dudar de la necesidad de la existencia de este tipo de materia tan particular, podemos intentar rebatirlo con el significado de la tercera ley de Kepler, que relaciona los períodos de rotación con las distancias al centro del sistema. Según la tercera ley de Kepler el período de rotación de los planetas está relacionado con la distancia al centro de cada uno de ellos, así el período de rotación solar de la Tierra es más corto que el de Júpiter, mucho más alejado; igualmente el periodo de Mercurio es menor que el de la Tierra, y el de Saturno mayor que todos ellos. De todo esto deducimos erróneamente que Júpiter viaja más lentamente que nosotros, y que nosotros lo hacemos mucho más lentamente que Mercurio, el raudo Dios mensajero de la mitología romana. El hecho objetivo que explica esta relación matemática de la tercera ley de Kepler es únicamente la distorsión espacio-temporal que somos incapaces de distinguir directamente con nuestros sentidos. El hecho de observar todos estos objetos en un engañoso plano eclíptico nos hace creer que su velocidad es distinta, a fin de cuentas la velocidad es una derivada del espacio respecto al tiempo, si cualquiera de sus operadores está distorsionado su resultado lo estará igualmente y en este caso sabemos, gracias a Einstein, que lo está. Tanto Júpiter como la Tierra o Mercurio, todos los planetas y objetos que forman el Sistema Solar, se desplazan en relación al centro de nuestra vía láctea a la misma velocidad. El Sol y su corte planetaria con sus satélites y asteroides, viajan juntos a la misma velocidad media, no puede ser de otra manera, sus posiciones relativas no se repetirían cíclicamente de ninguna otra forma, prácticamente cada doce años, Júpiter vuelve a estar en la misma posición relativa a la Tierra, la Tierra y Júpiter han recorrido la misma distancia en el mismo tiempo, aunque nos parezca que no y confirmemos empíricamente que su velocidad es mucho más lenta, no es así, es un espejismo físico observado desde una posición espacio-temporal profundamente distorsionada, producida por la masa terrestre.
 
Desde el advenimiento del modelo inflacionario, que nos hace creer en una expansión acelerada del Universo, abandonamos una idea racional y lógica para adentrarnos de nuevo en el mundo de la fe, dominado por los dogmas. Desde entonces no hemos dejado de incluir fenómenos sin sustento lógico y racional, que nos ha traído de vuelta a un Universo lleno de incongruencias, mantenido artificialmente por la ortodoxia científica y guiado interesadamente por la irracional fe, dueña todavía de la conciencia colectiva de la humanidad. Después de milenios sustituyendo los dioses por la comprensión, hemos llegado a un punto donde el que queda, no sólo parece no dispuesto a ceder, sino que pretende recuperar y adueñarse del conocimiento de la naturaleza de los fenómenos que creíamos haber resuelto durante nuestra breve trayectoria científica. Según la ortodoxia científica actual, nuestro Universo es tan oscuro como los templos desde los que se promulga su supuesta naturaleza divina, donde sólo un Dios pudo dar comienzo a la realidad que percibimos, y si para mantener este modelo, debemos abandonar la comprensión racional de la naturaleza de las fuerzas y fenómenos que lo conforman, el único camino que nos queda es la fe. Albert Einstein nos abrió un camino más lógico, aunque ciertamente, muy extraño para nuestros sentidos, pero nos lleva a un Modelo Simple de nuestro Universo mucho más lógico, acorde con los fenómenos que descubrimos, siempre que abandonemos nuestro egocéntrico y relativo punto de vista y miremos más allá de nuestro ombligo.

Agujeros Negros, ¿Sumideros cósmicos?

 

Los agujeros negros (Black hole, in english) son los devoradores insaciables de nuestro Universo, el concepto teórico más terrible, después del  perpetuo infierno al que nos pueden castigar nuestros respectivos y vengativos dioses. Parece que aunque seas agnóstico, el pensamiento empírico y lógico de la ciencia, también nos reserve un futuro catastrófico apoyado matemáticamente en las leyes naturales que hemos descubierto.

Como su propio nombre indica, un Agujero Negro no emite luz, por lo tanto, aunque hubiera uno cerca de nuestro sistema solar no lo podríamos ver, pero si detectar. Su masa causaría distorsiones gravitatorias que nos revelarían su existencia. Este monstruo galáctico, hoy como en 1783, no pasa de ser un concepto matemático, al que se llega con el simple ejercicio intelectual de llevar nuestras leyes físicas universales a extremos lógicos que no alcanza nuestra comprensión.
El concepto como tal, nació de la física mecánica de Newton, tiempos en que la Luna caía lentamente hacia la Tierra, y donde la Gravedad era una fuerza misteriosa que atraía los cuerpos por causa divina. La ley de la Gravedad de Newton, llevaba a la conclusión obvia, de que una masa 500 veces superior a la del Sol, necesitaría de una velocidad de escape superior a la de la Luz. Con el cambio de concepto de la Relatividad General de Einstein, que definió La Gravedad como una distorsión Espacio-Temporal, este concepto teórico se transformó en curvaturas espacio-temporales dónde la materia desaparece y el tiempo se detiene.
 
Según la teoría, el Agujero Negro es resultado del colapso gravitatorio de una estrella masiva. Según parece, una estrella con una masa suficiente, después de pasar por diferentes fases, acaba colapsando por su propia gravedad, atrapando la propia luz que emite y haciéndose invisible para los telescopios ópticos. La física teórica, basada en la Teoría General de la Relatividad, predice objetos de estas características, sus ecuaciones avalan la existencia de objetos supermasivos que producen distorsiones del Espacio-Tiempo donde, ni tan siquiera los fotones podrían escapar de su influencia. Pero la física y la matemática son incapaces de atravesar el umbral del "horizonte de sucesos", un radio de influencia donde el espacio y el tiempo dejan de tener sentido, una zona interna del disco donde la materia que se cruce en su camino queda atrapada y desaparece engullida literalmente por este terrible monstruo galáctico. En el fotograma del Universo donde se ha desarrollado la etapa científica de nuestra especie, no lo hemos observado nunca, ni lo podremos observar directamente, pero cuando revelamos ese fotograma en otras frecuencias electromagnéticas, podemos detectar radiaciones que nos descubren objetos que podrían delatar la existencia real de estos enigmáticos cuerpos.
 
​Tras la aceptación general de la validez teórica de la existencia de estos objetos supermasivos, acorde con la Relatividad General, astrofísicos, cosmólogos y astrónomos han logrado detectar objetos en nuestro Universo que concuerdan con este remozado concepto de la física clásica de Newton. Parece ser que el centro de todas las Galaxias contiene un Agujero Negro, y lo que es más preocupante aún, en la Vía Láctea también. Radio telescopios, que han podido atravesar la espesa capa de estrellas y polvo estelar que rodea el centro de nuestra Galaxia, han constatado la existencia de algo invisible, un espacio vacío, donde se manifiesta una enorme masa gravitatoria, alrededor de la cuál giran muy aceleradamente un grupo de estrellas muy próximas a este objeto. Si esto es lo que parece, y se confirma la existencia de este monstruo devorador en el centro de nuestra elíptica Galaxia, este agujero negro significaría una especie de desagüe galáctico por donde desaparecería paulatinamente toda la materia que compone la Galaxia. Si estas estrellas más cercanas acaban siendo engullidas, la masa del agujero negro aumentará, con lo que su atracción gravitatoria atraerá a otras, que a su vez aumentarán más la masa y la atracción del objeto, en un proceso sin fin que con el tiempo consumiría toda la materia y/o energía de la Galaxia.
 
Según la ley de Hubble, los 200.000 millones de Galaxias que suponemos componen nuestro Universo (por lo menos el observable), se separan a un ritmo acelerado unas de otras (menos Andrómeda que chocará con la Vía Láctea), y parece ser que de forma perpetua, si no se descubre nada nuevo que lo refute. Así que nuestro Universo acabará disuelto, de manera que las Galaxias acabarán tan lejos unas de otras que ya no llegará su luz. Si se confirma la existencia, y parece que hay bastante unanimidad en ello, de estos agujeros negros en todas las Galaxias, el fin de nuestro Universo podría ser más desangelado que el que nos reserva la ley de Hubble. Se puede dar la circunstancia de que el Agujero Negro engulla la materia de nuestra Galaxia a la vez que se aleja del resto de Galaxias, inmersas en el mismo proceso de autodestrucción. El Universo podría desaparecer por la autodestrucción de las Galaxias, a la vez que se diluyen con la expansión, en la malla de Espacio-Tiempo.
 
Según parece la Ley de Hubble sólo afecta a las Galaxias. Son las Galaxias las que se alejan entre sí (menos Andrómeda ¿?), pero no las estrellas y demás objetos que las conforman. La estructura de la Galaxia no parece expandirse como el resto de malla espacio-temporal intergaláctica. Según la teoría de la formación estelar, las estrellas y sistemas planetarios formados por las fuerzas gravitatorias newtonianas, de restos de materiales de explosiones estelares anteriores, se mantienen estables desde su formación. Bueno no todos, los satélites planetarios, a lo mejor no. La Luna, que es nuestro objeto celeste más cercano, se aleja de nosotros, poco a poco, pero por lo menos no se nos caerá en la cabeza como predecía la equivocada teoría de la Gravedad de Newton. Si juntamos todas las observaciones e información de cualquier tipo, en nuestro Universo, el escenario final es un poco extraño. Galaxias que se alejan (menos Andrómeda !!), agujeros que consumen las Galaxias desde su interior, estrellas y sistemas planetarios estables, satélites planetarios (aunque que sólo sea la Luna) que se alejan... No parece existir un patrón lógico en el conjunto, sino un conjunto de teorías que se adaptan a las diferentes observaciones.
 
Si la Ley de Hubble no resulta ser un espejismo físico, y existimos en un Universo en expansión, sabiendo con certeza empírica que la Luna se aleja de la Tierra, es muy posible, que ocupando como ocupamos, un lugar en la malla espacio-temporal, todo se esté alejando de todo, incluyendo todas las estructuras del Universo: cúmulos, Galaxias, estrellas, sistemas planetarios, y polvo galáctico. Seguro que si midiéramos con la misma precisión la distancia a Marte, con la que medimos la distancia a la Luna, el resultado sería el mismo. Marte se alejaría de nosotros, a la vez que se alejarían sus satélites de él. Esta suposición nos llevaría a un nuevo modelo de evolución universal que no dejaría lugar para los agujeros negros, o por lo menos para el concepto actual que tenemos de ellos. Pero las evidencias demuestran que en el centro galáctico existen unas increíbles perturbaciones gravitacionales que provocan unas orbitas muy aceleradas de estrellas alrededor de un objeto muy masivo. A este tipo de objeto, teorizado en la relatividad general, hemos acordado llamarle Agujero Negro, por lo que las evidencias parecen concluir que se trata de uno de ellos, un objeto supermasivo que no emite luz.
 

En el año 2006, al tiempo que los cosmólogos se cuestionaban de nuevo la validez de la constante cosmológica de Einstein, para explicar la misteriosa energía oscura, que según parece compone el 73% de nuestro Universo, hubo un acontecimiento que sorprendentemente pasó desapercibido por la ortodoxia científica. En un programa de divulgación científica, concretamente en el programa Redes nº384 de la temporada 2006, en un apartado de actualidad subtitulado "informativo 3000", se hacían eco de una noticia sobre un asombroso descubrimiento en el instituto de física Max Planck de Alemania. Tras observar durante años el centro de nuestra Galaxia, habían detectado la aparición de nuevas estrellas, un hecho, que dado el grado de desconocimiento que aún tenemos de nuestro Universo (el 96%) debería ser de extraordinario interés. En un lugar donde, según nuestras teorías más aceptadas, debería fagocitarse la materia, se había observado precisamente lo contrario. La aparición de una sola estrella debería haber revolucionado los cimientos de la astrofísica. Si esto es así, podríamos estar a las puertas del descubrimiento de un patrón Universal que explique más elegante y coherentemente la evolución de nuestro Universo.
 
Albert Einstein propuso la existencia de una constante cosmológica para completar su Teoría General de la Relatividad. Su modelo, que descartaba por completo cualquier tipo de fuerza gravitatoria, como la entendemos aún hoy en la actualidad, incluso en ámbitos científicos, no podía ser inmutable, el Universo espacio-temporal de Einstein debía estar en expansión o contrayéndose, su malla espacio-temporal no podía existir si no estaba en movimiento y hasta que Edwin Hubble, en 1929, descubrió la expansión universal galáctica, teorizó una constante cosmológica que encajaba su relatividad general con el Universo Estacionario (Steady State o SS) de Fred Hoyle. Cuando el descubrimiento de Hubble se hizo evidente, Einstein tuvo que admitir este gran error, y con ello se desacreditó definitivamente el Universo estable de Hoyle. Desde ese momento la Divina y milagrosa teoría del Big-Bang con el apoyo y mecenazgo de la iglesia católica, que explica coherentemente un ínfimo 4% del Universo observado, se ha convertido en un nuevo dogma científico: la teoría de Big-Bang o del Origen del Universo.
 
Si las observaciones del instituto Max Planck son correctas (no se han refutado en 7 años), estaríamos ante un Universo estable, teorizado por Fred Hoyle y respaldado por Albert Einstein, donde la materia y/o energía se produce en su núcleo, y en el transcurso infinito de tiempo se esparce y apaga constantemente en un proceso sin fin. Un Universo sin principio ni fin y en constante evolución que explicaría su sorprendente homogeneidad. En este otro Universo la constante cosmológica matemáticamente elegante de Einstein sustituiría la misteriosa energía oscura del oscuro inicio del Big-Bang. 
 
La forma elíptica y espiral de nuestra Galaxia y de nuestras vecinas más próximas del cúmulo de Virgo, al que pertenece nuestra Vía Láctea, nos trae la imagen de un remolino en un líquido, y ciertamente, podemos simular esa estructura introduciendo pequeñas partículas en un recipiente con líquido y evacuando su contenido por un sumidero. En poco tiempo se forma una estructura elíptica y espiral que recuerda a las impresionantes imágenes galácticas de nuestros observatorios. Pero esta estructura también existe en la naturaleza funcionando a la inversa, aunque sólo la podemos observar desde la estratosfera terrestre. Los satélites meteorológicos nos muestran imágenes espirales de huracanes y tifones que extraen vapor de agua, polvo, e incluso desgraciadas vacas, de la superficie terrestre, y los eleva espiralmente, hasta lo más alto de la atmósfera (las vacas no, su masa las devuelve antes a la superficie, aunque algo magulladas), produciendo elegantes Galaxias de vapor de agua, que resultan menos vistosas y agradables desde la superficie del planeta. Si nuestro Universo material descansa en una malla espacio-temporal, aparentemente esférica, que parece inflarse continuamente, la similitud con el globo terrestre, nos llevaría a trasladar la mecánica de los huracanes al movimiento inverso de los centros galácticos. 

De ser así, estos terribles agujeros negros pasarían a ser fuentes estelares de materia y energía, la fuente de Hidrógeno atómico desconocida de Fred Hoyle. La constante cosmológica de Einstein, sería producto una simple fuerza de inercia y no una misteriosa energía oscura encargada exclusivamente de separar las Galaxias unas de otras (menos Andrómeda) por alguna especie de mandamiento divino, el mismo que aceleró el Big-Bang en su inicio a más velocidad que la Luz, y el mismo que lo frenó poco después, durante unos 300.000 años, para que se pudieran formar las propias Galaxias, que a continuación iniciarían la definitiva expansión descubierta por Hubble desde el observatorio del Monte Wilson. Estos tira y aflojas universales, sin explicación coherente en la ciencia actual, pasarían a ser innecesarios en un modelo con un patrón universal, donde toda materia que se observa parece, en principio y en todas las escalas, destinada a alejarse radial, espacial, temporal e indefinidamente del resto del Universo.

El modelo simple del Universo


Para poder comprender la verdadera naturaleza de nuestro Universo debemos ser conscientes de los límites naturales de nuestra percepción. La escala espacio-temporal de la realidad humana limita enormemente la gama de fenómenos físicos que podemos llegar a comprender. Nuestra realidad transcurre entre dos límites físicos, que a medida que avanza nuestro conocimiento, se asemejan más, pero que desde nuestra situación espacio-temporal, el perpetuo fotograma macro-cósmico que estamos condenados a contemplar durante toda nuestra existencia, parece radicalmente distinto a los escurridizos componentes fundamentales que intentamos descubrir con los modernos aceleradores de partículas.
Nuestra propia naturaleza delimita la comprensión de los fenómenos físicos que construyen la realidad que percibimos.
 Desde los albores científicos de nuestra especie, nuestra limitada realidad tridimensional ha transformado todos los fenómenos naturales en ciclos. Desde nuestras primeras observaciones del inmenso cosmos a ojo desnudo, hasta las actuales, que violan la intimidad de la materia, sólo vemos fenómenos cíclicos que en ningún caso hemos podido demostrar empíricamente. Ni la más cercana estrella a nuestro sistema planetario, ni el mayor de los átomos del zoo de elementos que forman toda la materia que nos rodea y constituye, parece que tengan una verdadera naturaleza cíclica, en el caso macro-cósmico por su eterna y aparente inmutabilidad, y en el caso atómico por su natural e inexorable desintegración. La percepción cíclica de todos los fenómenos naturales que observamos, ha lastrado permanentemente nuestra comprensión de la naturaleza física de la realidad que da forma a nuestra propia existencia, y así, desde hace doscientos mil años hasta la actualidad, el ser humano ha percibido esta realidad con una evidente y clara naturaleza cíclica. 
 
 Cualquier movimiento que estudiamos o percibimos parece de naturaleza cíclica: El amanecer diario, las fases lunares, las estaciones anuales, los ciclos solares o los ciclos celestes. Vemos frecuencias muy definidas en todos los fenómenos físicos que descubrimos y esto nos ha llevado a creer que la naturaleza está regida por ciclos perpetuos y definidos, que actualmente se han transformado en un dogma de fe. El componente dogmático es de tal relevancia en nuestra comprensión de la realidad, que no dejamos el más mínimo resquicio para la duda en este sentido. Todas las religiones y creencias que aún perduran nos venden una nueva oportunidad, una nueva vida donde todo vuelve a comenzar. Ya sea en forma de reencarnación o una nueva dimensión, la humanidad entera parece estar de acuerdo en que hasta nuestra propia existencia es cíclica. La fe religiosa ha sido, y es, la única responsable de esta engañosa percepción y la única interesada en su mantenimiento, seguramente con la maliciosa intención de perpetuar el conformismo de nuestra realidad social actual. Así el 99% de almas que medran en la superficie terrestre creen que en la próxima vida todo irá mejor, y algunos hasta creen que los sufrimientos soportados en ésta serán compensados y hasta premiados en la otra, o siguiente según la fe.
 
 La escala humana está claramente delimitada desde nuestros comienzos como sociedad científica, y desde los tiempos de la Grecia clásica, los conceptos del átomo, como último componente indivisible, y la infinita magnitud del Universo, no han variado en esencia. En la actualidad, y tras el desarrollo tecnológico exponencial de los dos últimos siglos, tan solo hemos podido profundizar poco más allá en estos conceptos. Hemos descubierto un nuevo zoo de subpartículas atómicas (más de 200), componentes fundamentales de los 118 elementos atómicos que forman toda la materia que existe en nuestro Universo, y hemos llegado a los límites observables del Universo que nos rodea con la plausible conclusión de su naturaleza infinita. La conclusión más clara a la que hemos llegado es que hay dos únicos responsables que nos impiden escudriñar más allá: El tiempo y la luz. La luz porque supone la enigmática frontera entre la energía y la materia con las que interactuamos, y el tiempo porque limita nuestra observación en ambos extremos de la escala espacio-temporal de nuestros sentidos. Así que por mucho que avanzamos en nuestro desarrollo tecnológico, la velocidad de la luz limita nuestro horizonte macro-cósmico observable a 14.000 años/luz, y la propia naturaleza de la luz se esconde tras fracciones temporales ínfimas, muy lejos del alcance de nuestras más modernas y vanguardistas tecnologías.
  
En los extremos de nuestra realidad, la tecnología nos ha ayudado enormemente a marcar los límites en cada momento de nuestra historia y actualmente, a escala cuántica, los modernos aceleradores de partículas consiguen destrozar partículas atómicas individuales que nos permiten vislumbrar, durante fracciones minúsculas e inimaginables de tiempo, la existencia de componentes de materia que se escapan de nuestra realidad con una celeridad fantasmagórica. A escala macro-cósmica nuestros más potentes telescopios y radiotelescopios nos descubren cada día nuevas fronteras que se acercan cada vez más al límite marcado por la velocidad de la luz, así en la actualidad hemos podido observar galaxias que sobrepasan los 13.200 años luz de distancia, y por lo tanto también de existencia. Pero estos avances lejos de ser frustrantes nos han traído a una sociedad tecnológica impensable un siglo atrás y nos han descubierto un patrón universal que parece residir a todos los niveles de nuestra realidad. Desde la escala subatómica a la escala macroscópica, pasando por la propia codificación genética de la vida, parece existir una organización geométrica que se repite en todos los niveles, una forma espiral persistente que actúa como patrón evolutivo en cada uno de ellos. A escala subatómica, dibujando el movimiento de desintegración de estos elementos y a escala cosmológica, como un inmutable patrón de todas las estructuras que podemos observar, desde nuestro propio sistema solar, a los enormes cúmulos galácticos formados por agrupaciones de enormes y elípticas galaxias espirales, entre ellas la Vía Láctea.
 
 Este patrón geométrico básico, parece tener una evolución en cada uno de los extremos de la escala que podemos percibir, pero en ambos casos indemostrable desde nuestra limitada percepción natural. A escala atómica el principio de incertidumbre, enunciado por Werner Heisenberg en 1927, parece imposibilitar definitivamente cualquier acercamiento más allá de la teoría, y a escala cósmica la inmutabilidad aparente del Universo más allá de nuestro sistema solar, nos impide ver el siguiente fotograma de la película en la que sabemos estar participando como principales protagonistas. Pero la forma espiral de este patrón parece indicar la existencia de esta evolución y es bastante lógico pensar, que al igual que ocurre con otros fenómenos naturales más accesibles para nuestros sentidos, la estructura espiral es la forma natural que adopta una acumulación de cuerpos o partículas cuando existen dos componentes perpendiculares en el movimiento del conjunto, es el caso de un desagüe observado perpendicularmente, donde cualquier partícula en su interior se precipita al centro a la vez que hacia el fondo, y es también el caso de un ciclón observado desde la estratosfera, donde cada molécula de agua es absorbida hacia la atmósfera a la vez que hacia el exterior del remolino.
 
 
Desde nuestra percepción sensorial nos resulta enormemente difícil extrapolar este modelo a cualquiera de las fronteras de nuestra percepción, porque el componente vertical de los ejemplos anteriores es ni más ni menos que el tiempo, y el tiempo no lo percibimos como un componente espacial, para nuestro intelecto el tiempo es una sucesión de cambios posicionales en un mismo plano. Desde nuestro punto de observación, no podemos percibir la profundidad temporal de estos sucesos, y esta realidad se nos aparece como diferentes fotogramas planos y sin el componente dimensional añadido que es tiempo, y que conocemos empíricamente desde el desarrollo de la Relatividad de Einstein. Así que debemos conformarnos con dibujar las trayectorias de la descomposición de las partículas que emergen del choque de los protones acelerados, y con la observación de planas y hasta rechonchas galaxias elípticas, que permanecen inmóviles para cualquier telescopio o radiotelescopio de nuestro más moderno y avanzado arsenal tecnológico. Pero aún así, conociendo nuestra discapacidad espacio-temporal para la percepción de estos fenómenos, hemos podido construir un modelo virtual y multi-dimensional, que nos permite construir una evolución plausible para cada uno de estos casos que retan nuestro intelecto, aunque eso si, con direcciones temporales opuestas y aleatorias en cada uno de ellos. Para el mundo microscópico hemos adoptado la analogía con el ciclón, con el componente temporal emergiendo hacia el exterior, y para el macroscópico la analogía con el desagüe, con el componente temporal tendiendo hacia un centro que parece atraer toda la materia de su alrededor. Dos estructuras completamente similares pero con la flecha temporal invertida, en una el tiempo juega un papel expansivo y en otra un papel retraído, que no varía la estructura final que nos encontramos.
 
 En el caso subatómico resulta bastante evidente que la flecha del tiempo nos indica una dirección muy definida, pero en la escala macro-cósmica no perece haber una dirección definida. Si bien el inicio explosivo del Universo parece que tuvo una dirección temporal muy concreta, a lo largo de su evolución, esta flecha temporal parece invertir su trayectoria caprichosamente según el estadio que estudiemos. Parece ser que tras la gran explosión, que marcó el inicio del espacio y el tiempo, hubo un periodo de inflación súper-lumínico, en el que el Universo infló su volumen millones de veces en un breve instante de tiempo, y que a partir de ese momento, sin explicación coherente hasta el momento, cambió este sentido para amalgamar las formaciones galácticas que observamos, y de nuevo, hace 13.000 millones de años, volvió a expandirse aceleradamente hasta nuestros días. Pero aún así, los sistemas planetarios, Galaxias y cúmulos galácticos, sus estructuras intermedias, continúan teniendo el componente temporal invertido en relación al conjunto, que representa la totalidad de nuestro Universo. No hay ninguna explicación lógica que sirva de razonamiento consistente para que esto sea así, pero parece que si queremos explicar la evolución de este Universo originado en un milagroso Big Bang no puede ser de otra manera. Y parece que para mantener este extraordinario modelo, tenemos también que añadir algo de materia y energía para que nos salgan los números; un nada desdeñable 96% que multiplica por veinte la materia y energía que observamos y detectamos.
 
 
De todos estos vaivenes temporales parece más lógico pensar en la existencia de un patrón más simple y coherente que concuerde con la información y datos empíricos alcanzados con nuestra observación y tecnología. Si la dirección temporal de los fenómenos subatómicos resulta absolutamente diáfana, y a escala macro-cósmica parece bastante demostrado que nuestro Universo está en expansión, no tiene mucho sentido mantener la dirección temporal de las estructuras intermedias invertidas en relación a sus extremos, los que delimitan nuestra escala espacio-temporal. Estamos obcecados con la atracción gravitacional, basada en una fuerza que hace 100 años se demostró como espejismo físico y del todo inexistente, que se encarga de atraer supuestamente todos los objetos hacia un centro devorador, a modo de desagüe, y tanto los sistemas planetarios y galácticos, cúmulos y satélites, tienen un futuro predecible, todo ello a pesar que en nuestro territorio más cercano esta demostrado, desde finales de la década de los 70, que la flecha del tiempo coincide con la de los extremos. Desde Julio de 1969, el Apolo XI dejó en la superficie de nuestro satélite un juego de espejos de luz láser que permiten conocer la distancia de nuestro satélite con una precisión milimétrica, y desde entonces sabemos, con absoluta certeza, que nuestro satélite se separa de nosotros 3,8 cm. cada año.
 
 La forma de las estructuras no prueba en ningún caso una dirección temporal determinada, la espiral es una figura geométrica válida tanto para un desagüe como para un ciclón, donde las flechas temporales están invertidas. Hasta el momento nadie ha observado un agujero negro engullendo ninguna estrella, al contrario, en el centro de nuestra propia Galaxia parece haberse producido un fenómeno que lo refuta, y en 2006, en el instituto astronómico alemán Max Planck, se obtuvieron datos de la aparición de una nueva estrella durante las observaciones que se están llevando a cabo desde hace más de 20 años sobre nuestro centro galáctico en frecuencias de radio. Si como parece, hemos conseguido avanzar un fotograma en esta interminable película, este nuevo fotograma nos muestra una dirección, y la dirección coincide con la única que podemos esperar, y la única que podemos demostrar en los extremos de nuestra escala. Nada impide una evolución paralela en todas las estructuras de nuestro Universo, y ninguna observación puede refutar una única y lógica dirección temporal de todas ellas. Es totalmente plausible un Universo estable donde se creen eternamente nuevas galaxias, estrellas y planetas que den lugar al Universo homogéneo que observamos sin necesidad de un inicio, tan explosivo como milagroso, y sin necesidad de inventar un 96% de su naturaleza que lo haga creíble.
 
 
La inexplicable síntesis del Hidrógeno, motivo principal de la imposición católica del modelo inflacionario del Big Bang, podría tener lugar en el centro de las Galaxias, y ser estos centros galácticos las fuentes que Fred Hoyle no llegó a encontrar, y que descartaron definitivamente el modelo del Estado Estacionario de su Universo. Los terribles agujeros que tragan estrellas con feroz apetito podrían ser realmente fuentes productoras de cantidades ingentes de Hidrógeno en forma de estrellas, y estás a su vez, fruto del residuo de su combustión, las creadoras de sus planetas, y estos, en su edad temprana, de sus satélites como ya advirtió el gran físico Sir George Darwin, hijo del célebre y "maldito" Charles. No existe ninguna observación que pruebe la existencia de una fuerza capaz de amalgamar polvo estelar y dar origen a un planeta y mucho menos una estrella. El único modelo que amalgama materia para convertirla en estrella nació de un error de observación que creía que las, por entonces, desconocidas Galaxias eran sistemas planetarios en formación, un modelo que está basado en una fuerza inexistente, la Gravedad, pero que en el siglo 18 era irrefutable y convertida ya en axioma. De las puras y objetivas observaciones, podemos extraer un Modelo Simple de nuestro Universo en perpetua evolución sin origen ni final y con un patrón único que nos sitúa a nosotros, organismos conscientes de esta realidad, en un centro relativo de una escala delimitada clara y únicamente por el tiempo, la dimensión que todavía no comprendemos en su esencia, y que marca inexorablemente la naturaleza y el devenir de nuestra existencia. 

El peso de la Gravedad

 La Ley de la Gravitación Universal o Ley de la Gravedad es la fuerza con la que se atraen dos masas entre si. Este principio fundamental en nuestra historia científica, fue publicado por Sir Isaac Newton en 1687 en su obra conocida como los "Principia Mathematica" y 325 años más tarde, su constante Universal, la primera descubierta por la ciencia, sigue siendo la responsable principal de la naturaleza de nuestro Universo.

Lo realmente "grave" es que, en el centenario de la teoría de relatividad general de Albert Einstein, continuemos creyendo y predicando la existencia de esta desacreditada y refutada fuerza divina que imaginó el vanagloriado Newton, y no hayamos asimilado ese espejismo físico que provoca la distorsión espacio-temporal que nos descubrió el genio del gran Einstein.

La Gravedad es la fuerza resultante de las leyes del movimiento de la mecánica clásica de Newton, y la constante que resulta, es la más imprecisa y débil de las cuatro fuerzas naturales que conocemos en la actualidad. La Gravedad es una fuerza atractiva entre dos cuerpos, directamente proporcional al producto de sus masas e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia entre ellos. Este principio fundamental de nuestra física clásica continua vigente tres siglos más tarde de su advenimiento a pesar de ser un concepto caduco y erróneo, brillantemente refutado en la Relatividad General de Albert Einstein, hace prácticamente 100 años. La Gravedad, esa fuerza tan débil como misteriosa, calificada como divina por el propio Newton, sigue pesando como una losa en el desarrollo científico de la humanidad.

Es uno de los conceptos científicos más arraigados en la sociedad, y su anecdótico descubrimiento, tan famoso como seguramente falso, es el más conocido incluso por los profanos en la materia, pero el caso es que la manzana de Newton, parece ser que fue el golpe sobre su cabeza, inspiró a un joven e introvertido estudiante de Cambridge para desarrollar las leyes físicas que descubrirían la mecánica universal que gobierna la naturaleza. Pero la historia es muy dada a idealizar las situaciones y circunstacias que preceden e intervienen en el resultado que se nos explica, y una manera muy eficaz para retener un concepto es cargar su contenido con emociones y anécdotas que nos fijen su recuerdo. Así prácticamente la totalidad de la sociedad occidental conoce quién fue Newton, sabe que seguramente le gustaban las manzanas, y es consciente de la gravedad del tema que trató. Bromas aparte, todos sabemos que existe una fuerza que hace que todo caiga hacia el suelo, y todos sabemos que esa fuerza es la Fuerza de la Gravedad, es tan obvio y familiar que podemos calcular inconscientemente el tiempo y la trayectoria de pequeños objetos al caer. La Gravedad es un concepto físico tan natural como el propio fenómeno y su desarrollo matemático es tan simple (a primera vista) que desde su elaboración hasta nuestros días, no ha sufrido ningún cambio en cuanto a la percepción lógica que tenemos de él.


Pero la historia de la Gravedad guarda detalles que explican mejor su verdadero origen, un origen lejos de la anecdótica inspiración de un genial y excepcional científico en un momento de especial iluminación. La Ley de la Gravedad tiene su origen en una simple y ordinaria observación estudiada desde nuestros albores científicos: La caída de los cuerpos. Desde los tiempos de los grandes filósofos griegos hemos indagado en la naturaleza de los movimientos, el comportamiento y la trayectoria de los objetos al caer. Así el clásico concepto del "impetus", que predominó hasta bien entrado el siglo XVII, fue transformado por el primer físico de la historia, Galileo Galilei, en una elegante y exacta Ley de la Inercia, que desarrolló matemáticamente, un siglo más tarde, Isaac Newton en la primera de sus leyes del movimiento. Galileo fue el primero que observó la relación exacta entre la distancia y el tiempo de caída de un objeto con mediciones objetivas y un método verdaderamente científico. Un siglo antes lo había intentado el gran Leonardo, pero ni este gran genio pudo explicar el fenómeno coherentemente, fue Galileo el verdadero genio que nos llevó hacia la comprensión de este cotidiano y "clásico" fenómeno.
 

Galileo
fue el primer físico mecánico de nuestra historia además del verdadero arquitecto del Universo mecánico que conocemos. Gracias a su genio y valentía (o temeridad) salimos de un verdadero atolladero en la evolución científica, para dirigirnos a un mundo más racional y humanista que disparó exponencialmente nuestra evolución tecnológica. Los experimentos y pioneros estudios de Galileo nos llevaron a la precisión mecánica del tiempo, derivada de sus estudios sobre el péndulo, que descubrieron a su vez, la caída uniformemente acelerada de todos los cuerpos en el vacío, fue el pionero en la fabricación y utilización de la tecnología en la ciencia y el verdadero artífice de la implantación popular del revolucionario Universo heliocéntrico de Copérnico, que defendió hasta que amenazaron su vida. Estos estudios en manos de un colega suyo, gran matemático y astrónomo (por entonces astrólogo) de la Europa protestante, llamado Johannes Kepler, fueron la base fundamental e imprescindible en el desarrollo de la primera ley de Newton con la misma denominación, conocida como Ley de Inercia de Newton. Los cálculos de esta ley llevaban, en el caso de la caída acelerada y uniforme de Galileo, a una constante que Newton bautizó como Gravedad, un término que en su época se utilizaba para cuantificar la masa de los objetos y que actualmente denominamos Peso. Así que, si lo hubiéramos descubierto en la actualidad, se habría llamado Pesadez y en este artículo, extrapolando el término desde aquella época, hablaríamos de la Ley de la Pesadez.

La época histórica que vivió Newton no fue muy benevolente, pero gracias a su situación familiar, él pudo sobrevivir a la peste que asoló Londres y que diezmó (literalmente) su población. La época que les tocó vivir a Galileo y Kepler fue mucho más cruel y desgraciada, viviendo inmersos en una lucha de religiones donde la herejía, que precedía a la hoguera, era el delito más común en la Europa pos-revolucionaria de Copérnico. Una época donde el número de herejes y brujas que ardían en las llamas purificadoras de las hogueras católicas sólo era superado por el número de libros que lo hacían, recién salidos de las flamantes imprentas de la época. Así Newton, exento de tan acérrima censura y al abrigo de la iglesia anglicana, escindida desde hacía más de un siglo, podía inspirarse con ideas más libres e innovadoras. Y una de estas ideas publicada en una recopilación extraordinaria sobre el magnetismo, sirvió de inspiración para extender los principios de la inercia al Universo Heliocéntrico de Copérnico, Galileo y Kepler. La obra referida se llamaba "De magnete" o "Sobre los imanes", escrita por un médico inglés que recopiló todo el conocimiento acumulado sobre este fenómeno desde la Grecia clásica en una gran obra, y que concluía con una visión muy particular y atrevida sobre el Universo de Copérnico. El doctor William Gilbert, trás años de estudio y experimentación, concluía en esta obra que la Tierra actuaba como un poderoso imán y responsabilizaba a esta causa, el inexplicable funcionamiento de las brújulas, utilizadas desde el siglo X pero sin ninguna explicación natural hasta entonces. Pero la idea más sorprendente de sus estudios era la representación "magnética" del moderno Universo Heliocéntrico, en la que representaba un Sistema planetario gobernado por fuerzas magnéticas que actuaban a distancia y que daban forma a la estructura del Universo conocido entonces.
 
Esta obra de ideas tan vanguardistas que vio la luz en 1600, año en que la "Santa Inquisición" quemaba al gran humanista y científico Giordano Bruno en Roma, por sus heréticas ideas de un Universo poblado de estrellas como nuestro Sol, en las que podía existir planetas con seres vivos como el nuestro, fue censurada en la Europa católica y sólo su tratado clásico, compatible con la ortodoxia católica, llegó a ojos de Kepler y Galileo que no pudieron conocer los brillantes y coherentes razonamientos que exponía su experto y estudioso autor. Es muy importante conocer la relevancia que tuvieron estas ideas en los razonamientos de Newton, que al contrario de sus geniales predecesores europeos, encontró en su propia universidad de Cambridge el soporte total sobre estas atrevidas ideas nacidas en el seno de esta misma institución de la élite de esta época. De este modo Newton pudo dejar de lado, en el desarrollo matemático de su mecánica de los movimientos, el inexplicable efecto de la acción a distancia entre dos masas, poniendo como efecto comparativo el magnetismo, que de manera conocida y natural, representaba una argumentación cuando menos comparativa en su Universo mecánico gobernado por aceleraciones, fuerzas y vectores. En definitiva, Newton imaginó una especie de fuerza atractiva muy similar al magnetismo, pero infinitamente mas débil, como responsable principal del orden observado en el Universo, que por entonces no llegaba más allá de Saturno. Este principio, desarrollado matemáticamente con su innovador cálculo diferencial (él lo llamaba Fluxiones) le llevó a las famosas conclusiones, concretadas como las tres leyes del movimiento en su gran obra "Philosophiae naturalis principia mathematica".
 
Desde entonces y hasta hoy, estas leyes se han convertido en verdaderos axiomas en nuestra física, y si bien en el caso de las leyes de Kepler lo son realmente, al tratarse de observaciones empíricas, en el caso de Newton son sólo fruto de un desarrollo intelectual con el objetivo principal de dar una explicación lógica y coherente a unos fenómenos naturales, con las matemáticas que hemos desarrollado. El objetivo preconcebido del desarrollo matemático de Newton iba dirigido a que los resultados no contravinieran las conclusiones de los grandes filósofos griegos, por lo que el concepto clásico del orden Universal no debía salir mal parado, y así la idea equivocada en la ciencia clásica de que la Luna se acercaba lenta e inexorablemente a la Tierra, quedó totalmente razonada y encumbrada en su elegante cálculo de Fuerzas. Así que esta obra matemática, que gobierna la mecánica de los movimientos universales y que sirvió para establecer unas leyes físicas que regían lo divino y lo humano, fue fruto de un viejo ardid en la historia de la ciencia, encaminado soslayadamente a la obtención de un resultado premeditado. Si la extensión de las leyes del movimiento de Newton, que explicaban de forma tan precisa la trayectoria de las balas de los cañones, hubieran generado resultados contrarios al Universo clásico imperante todavía en tiempos de Newton, sus conclusiones no hubieran alcanzado la aceptación universal que gozan en nuestros días.
 
500 años antes, Claudio Ptolomeo, un extraordinario matemático además de un gran astrónomo y filósofo, logró afianzar el erróneo Universo geocéntrico de Aristóteles con el desarrollo de un nuevo concepto geométrico que mantuvo cuatro siglos más la esfericidad divina y aristotélica impuesta por la fe católica. Ptolomeo utilizó los epiciclos, unos círculos con un centro en movimiento, que explicaban razonablemente los movimientos retrógrados de los planetas. En este caso como en el caso de la Gravedad newtoniana, el desarrollo matemático es de un gran valor para la evolución de la ciencia en su conjunto, pero el gran error de percepción que lo sostiene, nos hizo y nos hace seguir, una trayectoria científica alejada de la más pura objetividad que debe prevalecer obstinadamente en nuestro desarrollo científico. Hace casi un siglo que la Fuerza de Gravedad dejo de existir como tal, Einstein nos descubrió que se trataba de un espejismo físico, uno más, y que el fenómeno que apreciamos es en realidad una distorsión del tejido espacio-temporal que nos hace creer en una misteriosa Fuerza que atrae las masas entre si, pero los efectos a escala humana son del todo inapreciables, por lo que la mecánica de Newton sigue constituyendo una herramienta matemática muy válida en la escala de nuestra realidad. Desde la Teoría General de la Relatividad, la Fuerza de la Gravedad ha perdido su categoría de Universal, y más allá de la atmósfera de nuestro planeta ya no tiene ninguna validez, pero en su superficie, la aparente simplicidad de su lógica, simplifica enormemente los cálculos matemáticos que cotidianamente utilizamos en nuestra sociedad.
 
A pesar de la demostrada inexistencia de una Fuerza de características tan curiosas como la Gravedad, sigue siendo un componente imprescindible, en las más aceptadas teorías de la evolución y estado actual, del modelo inflacionario de nuestro Universo, mantenido por la ortodoxia científica. Desde la anciana teoría de la formación estelar y planetaria, hasta el mismísimo Big-Bang, pasando por insaciables agujeros negros, materias y energías oscuras, en todas, interviene necesariamente esta Fuerza misteriosa que ni tan siquiera existe. Se entiende que Laplace (Pierre Simon) defendiera la formación del sistema solar, basándose en la Gravedad newtoniana, cuando observaba las nebulosas galácticas con imprecisos y arcaicos telescopios, con la equivocada convicción de la relativa cercanía que se les suponía, pero una vez descartada esta Fuerza y el descubrimiento de la verdadera magnitud de nuestro Universo por Edwin Hubble, con la certeza de que lo que observaba Laplace en 1800 eran descomunales Galaxias, incluso mayores que la Vía Láctea, se hace incomprensible el mantenimiento de esta antigua teoría cuando sus principales argumentaciones han resultado totalmente erróneas. Pero todavía resulta más incomprensible, que teorías posteriores a estos descubrimientos, tan fundamentales como el origen de nuestro Universo o la existencia de sumideros cósmicos de una fuerza gravitatoria inimaginable, sigan manteniendo su validez basándose en este fenómeno. Seguimos utilizando esta obsesiva Fuerza inexistente como un componente imprescindible en las más actuales y aceptadas teorías en las que se fundamenta la naturaleza de nuestro Universo.

Onda orbital, un movimiento armónico simple


Todos los movimientos circulares que percibimos desde la profunda distorsión espacio-temporal, desde la que emerge nuestra consciencia y realidad, no son más que un verdadero espejismo físico que creemos estar observando con la equivocada certeza que nos proporcionan nuestros limitados sentidos de percepción, que nos nublan el más importante de todos y que nos ha traído hasta aquí: El sentido común.

Desde el primer modelo de Universo, el Universo Geocéntrico de Aristóteles, impuesto y encumbrado durante casi 20 siglos por una bárbara y cruel dictadura teocrática, hasta el modelo actual, sustentado principalmente en la idea de un absurdo, milagroso y divino inicio sin explicación física posible, introducido soslayadamente por los propios responsables de este largo periodo de coma intelectual en nuestra sociedad, no hemos dejado de observar siempre los mismos movimientos. El Universo gira, todo da vueltas alrededor de algo; Nuestro Universo está lleno de círculos y la humanidad a lo largo de su evolución ha estado intentando comprender esta peculiar figura geométrica: El Círculo, una figura tan natural como irracional.

Intentar destruir ese concepto matemático que la geometría es capaz de representar de manera tan precisa, es un vano intento de perturbar nuestra más absoluta y clara percepción de la realidad. El día nos despierta con la luz de nuestra bondadosa estrella, una maravillosa esfera que nos regala inagotables y variadas radiaciones electromagnéticas cargadas de energía que hacen posible la evolución en otra maravillosa esfera, desde donde emerge una variada e ingente cantidad de formas de vida. Nosotros, en principio los seres humanos, tenemos un tipo de consciencia que nos permite observar la belleza del entorno en el que transcurre nuestra existencia, podemos ser atónitos testigos de esta espectacular gama de objetos que nos regala nuestro Universo. Todos estos espectaculares objetos tienen una curiosa cosa en común: son redondos. En cualquier escala que observemos nuestro Universo aparecen objetos esféricos, es la forma natural por antonomasia, desde los inimaginablemente enormes Súper-Cúmulos hasta los escurridizos átomos que componen la escala más pequeña de nuestro mundo material.
 

En nuestra tetra-dimensional realidad, reducida a tres por nuestra natural limitación sensorial, los círculos, las esferas, las órbitas se nos aparecen como figuras lógicas y fácilmente comprensibles, que nos atrevemos a representar sin la más mínima duda sobre nuestra capacidad de razonamiento. Representar estos conceptos y movimientos nos es sumamente sencillo desde los albores de nuestra sociedad. Trazar un círculo exacto nos ha sido cada vez más fácil, desde una cuerda atada en un palo, un preciso compás, hasta un insuperable programa informático, nos ha acercado exponencialmente a poder lograr representar este objeto con absoluta precisión. Pero curiosamente, desde que nos separamos evolutivamente de todos  nuestros primos homínidos, esta figura tan cotidiana y familiar nos cuestiona permanentemente la lógica de nuestro pensamiento consciente. La enorme acumulación de conocimientos científicos de nuestra sociedad no ha sido capaz, hasta el momento, de representar este antiguo concepto matemático, que explica la totalidad de los objetos y movimientos que aprecian nuestros aturdidos sentidos, incluyendo el común.
 
Para Pitágoras significaba la belleza absoluta de lo inalcanzable, fue la representación gráfica de su bondadoso y justo dios, y Aristóteles 200 años después, lo elevó a la categoría de universal, o católico, como se decía en su griego natal y adoptado por el latín posterior (catholicus). El círculo contenía la perfección divina inalcanzable para el imperfecto ser humano, y sin quererlo, esta figura iba a acabar convirtiéndose en el responsable intelectual de una tiranía teocrática, amenazándonos permanentemente con un vengativo Dios que maneja caprichosamente nuestros destinos, y que nos oculta la verdadera causa de nuestra existencia. Desde entonces, la edad de oro de nuestra civilización, hasta hoy, nos hemos conformado con buscar un concepto lógico para poder continuar nuestro avance científico, y hemos dado con un valor, que aunque irracional, nos ha permitido racionalizar la realidad que nos corroboran nuestros sentidos. Este concepto lo conocemos como pi (π), que se llama así por ser la primera letra de la palabra  griega "perímetro", en el alfabeto de los mayores estudiosos de este concepto, y representa un número irracional que estamos obligados a aceptar porque significa la razón entre el perímetro de una circunferencia y su diámetro. Esto significa que si queremos creer en una realidad racional apoyada en la matemática y la lógica, hemos de aceptar esta excepción fundamental en su desarrollo y comprensión, sino, sólo nos queda el refugio espiritual, antagónico al sentido común y susceptible de manipulaciones sectarias, la fe.
 
El círculo
, esa figura geométrica tan común en nuestra realidad, no es un concepto que encaje fácilmente en la exactitud de la matemática que sustenta la comprensión lógica de la propia realidad. Desde los cálculos de las más antiguas civilizaciones sumerias y egipcias, hasta los de los más potentes ordenadores actuales no hemos logrado encontrar la razón entre el diámetro y el perímetro de una circunferencia. Si quisiéramos saber la superficie bidimensional exacta de un círculo, no podríamos hacerlo, su razón es irracional por lo que el cálculo sería siempre impreciso. Y si en las dos dimensiones de una superficie tenemos problemas, con el volumen tri-dimensional no lo tenemos más fácil. Hemos de asumir que esa bonita Luna llena, que podemos apreciar con absoluta precisión no es una esfera, o por lo menos que su naturaleza no es esférica, si no queremos deshacernos de un concepto tan enraizado en nuestra cultura. Para intentar comprender qué es lo que verdaderamente estamos viendo, hemos de partir de otra realidad mucho más evidente y que condiciona absolutamente nuestra percepción: el movimiento. Aunque todo lo que observemos parezca esférico, todo, absolutamente todo lo que vemos, esta en movimiento. No existe nada en nuestra realidad que no esté en movimiento, aunque las posiciones relativas nos hagan creer lo contrario, los átomos, los objetos que manipulamos, aún inmóviles ante nosotros, los objetos de nuestro sistema planetario, las más lejanas estrellas y Galaxias, todo está en permanente movimiento, y el inexorable transcurso del tiempo representa su insobornable testigo.
 
Vivimos en un Universo de órbitas circulares desde nuestro amanecer científico, desde Aristarco hasta hoy, tras el fatídico paréntesis aristotélico parcheado mal-intencionadamente por Ptolomeo y su católica fe, las órbitas celestes han sido circulares y aunque todavía quede alguien que no quiera creer en las pruebas  empíricas de los satélites artificiales, que demuestran la centralidad de nuestra estrella, admitimos sin ninguna excepción que los movimientos celestes de nuestro sistema planetario son circulares, aunque con forma elíptica como demostró Johannes Kepler a comienzos del siglo XVII. Tanto el modelo Geo-céntrico de Aristóteles, como el Heliocéntrico de Copérnico, o incluso el “Geo-heliocéntrico” de Tycho Brahe, perfectamente válidos desde una observación humana simple, nos llevan a pensar que las órbitas de los planetas, y de todos los objetos de nuestro sistema solar, son circulares, algo imperfectas pero muy similares, que acaban volviendo al punto de origen para formar una elipse muy aproximada a un círculo. El cambio del modelo geocéntrico al heliocéntrico nos hizo ver la importancia de las posiciones relativas, el hecho de vivir en un globo que gira sobre un eje, nos hizo creer durante muchos siglos que la totalidad del firmamento giraba alrededor nuestro, para acabar aceptando que sólo la Luna describía una órbita circular a nuestro alrededor. Así desde que el gran Galileo, el padre de nuestra moderna física, se jugó la vida defendiendo el modelo natural heliocéntrico, mucho más acorde con las observaciones que él mismo realizó, hemos descubierto un sistema circular en nuestro Universo, que aumenta infinitamente de un modo fractal, hasta las orbitas circulares de los Súper-Cúmulos galácticos.
 

De nuevo la genialidad de Albert Einstein, como en el caso de la falsa fuerza gravitacional, vino a iluminar el avance científico, y en su Teoría de la Relatividad General, advirtió que vivíamos en un Universo en movimiento perpetuo, un movimiento a través de una malla espacio-temporal, que a pesar suyo, sólo nos a traído a un Universo finito con un origen divino. Esta incontestable y perfecta teoría matemática del Universo, La Relatividad General, se utilizó tergiversadamente para proponer un Universo milagroso, que buscó la razón en la propia teoría, de un singular instante inicial sin más causa que un caprichoso mandamiento.
Es posible que la secuencia de los hechos, la expansión universal se descubrió una generación después de que Einstein publicara su teoría, nos llevara a imaginar un infinito número de estas flamantes Galaxias alejándose en la malla inflacionaria de espacio-tiempo, a lo mejor si hubiéramos aceptado los escrupulosos y geniales cálculos de “Sir George Darwin”, que probaban, a finales del siglo XIX, la expansión del más cercano sistema Tierra-Luna, del que resultaba el extraordinario hecho de que la Luna se alejaba de la Tierra, nos hubiera podido permitir la aplicación de la teoría de Einstein a la inflación, más próxima y familiar, de nuestro único satélite celeste. En ambos casos, se adivina la intervención interesada de los mismos poderes teocráticos que mutilan el desarrollo científico. En el caso del brillante astrónomo George Darwin, al ser agnóstico e hijo del autor de la sacrílega obra sobre la evolución de las especies, y en el caso de la evolución inflacionaria del Universo, la reserva de un lugar privilegiado para un Dios como motivo fundamental en su origen.
 
Pero si observamos objetivamente los movimientos de nuestro vecino más próximo en la infinidad del Universo observable, nuestro satélite la Luna, podemos llegar a ver al Universo que Einstein nos quería enseñar, ese Universo Estable en su infinita malla espacio-temporal, pero en incansable y constante movimiento. El hecho de observar un Universo en expansión no lleva inexorablemente a un Universo con un principio concreto y un final predecible, éste es uno solo de los modelos, y tan siquiera el más plausible, de hecho es el que más incógnitas nos deja con un único objetivo, nos hace inventar un 96% de la materia-energía para el mantenimiento de la obra de un Dios. Al observar el sistema Tierra-Luna desde un punto de vista más objetivo, despegándonos del geocéntrico punto de vista aristotélico, que se mantiene sólo en el caso de nuestro satélite, el movimiento que se aprecia es muy diferente, y aunque las posiciones de los dos cuerpos varían cíclicamente, la Luna en ningún momento hace un sólo giro alrededor de la Tierra, es más, si observáramos estos mismos movimientos desde la superficie Lunar, podríamos asegurar de manera irrefutable que es la Tierra la que gira alrededor de la Luna, podríamos intercambiar las posiciones de los objetos y mantener las mismas incongruencias desde la superficie de cada uno de ellos. El movimiento más acorde a la observación relativista de estos sucesos es ondular y no circular. Si intentamos rodear algo que está en movimiento hemos de trazar una onda, para poder rodear algo y volver a un punto de partida ese algo ha de estar inmóvil, si no es así, es imposible trazar un círculo para definir su trayectoria.
 
"Onda Orbital" es un término que define más exactamente los movimientos orbitales de nuestro satélite favorito. La Luna en relación a la trayectoria de la órbita terrestre, mantiene un movimiento zigzagueante y cíclico, y coincide periódicamente en puntos de la trayectoria de la Tierra, con relación al Sol. En el Cuarto menguante de su ciclo luminoso ocupa casi exactamente, el punto de trayectoria que la Tierra ocupará menos de cuatro horas más tarde; y del mismo modo, en Cuarto creciente, la Luna se posiciona en un punto de la trayectoria, donde se situó la Tierra, cuatro horas escasas antes. No podemos dejar de lado la enorme velocidad media a la que se desplaza el sistema Tierra-Luna respecto al Sol, casi 30 Km por segundo, de hecho prácticamente 29 veces más rápido de lo que desplaza la Luna respecto a la Tierra, y coincidente, seguro que por casualidad o mandato divino, con la duración aparente de su ciclo. Lo más sorprendente de este punto de vista más relativista y objetivo, es que este mismo patrón se puede aplicar a todas las escalas en nuestro Universo, resultando de ese ejercicio intelectual unas velocidades infinitas a escala cósmica y una energía infinita a escala cuántica, justo lo que parece que nos muestra la ciencia más vanguardista y más alejada de la ortodoxia.

Las representaciones esquematizadas y a escala no ayudan a representar intelectualmente este cambio de percepción, y la secuencia de movimientos que nos permite determinar la escala temporal es muy breve y limitada, sólo podemos intuir estas ondas orbitales en nuestro sistema planetario. Más allá, una inmutable instantánea de un solo fotograma no nos dice más de lo que queramos escuchar. De nosotros depende creer lo que se dice desde un púlpito, aunque este bendecido. Hasta hace 400 años creíamos estar suspendidos e inmóviles en el centro de un pequeño Universo que no iba más allá de Saturno, desde hace 90 sabemos que nuestro Universo se expande a velocidades extraordinarias e incomprensibles, donde sus límites los marca exclusivamente la velocidad de la luz, una limitación que nos impide ver más allá de la propia limitación de nuestro sentido, pero es lógico pensar que nuestro pequeño sistema planetario, arrastrado por su estrella, viaja a una velocidad inimaginable, imperceptible desde nuestra distorsionada situación en la malla espacio-temporal, hacia un futuro, que parece tener una única dirección sin lugar lógico para las percepciones cíclicas que creemos percibir.

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