Onda orbital, un movimiento armónico simple


Todos los movimientos circulares que percibimos desde la profunda distorsión espacio-temporal, desde la que emerge nuestra consciencia y realidad, no son más que un verdadero espejismo físico que creemos estar observando con la equivocada certeza que nos proporcionan nuestros limitados sentidos de percepción, que nos nublan el más importante de todos y que nos ha traído hasta aquí: El sentido común.

Desde el primer modelo de Universo, el Universo Geocéntrico de Aristóteles, impuesto y encumbrado durante casi 20 siglos por una bárbara y cruel dictadura teocrática, hasta el modelo actual, sustentado principalmente en la idea de un absurdo, milagroso y divino inicio sin explicación física posible, introducido soslayadamente por los propios responsables de este largo periodo de coma intelectual en nuestra sociedad, no hemos dejado de observar siempre los mismos movimientos. El Universo gira, todo da vueltas alrededor de algo; Nuestro Universo está lleno de círculos y la humanidad a lo largo de su evolución ha estado intentando comprender esta peculiar figura geométrica: El Círculo, una figura tan natural como irracional.

Intentar destruir ese concepto matemático que la geometría es capaz de representar de manera tan precisa, es un vano intento de perturbar nuestra más absoluta y clara percepción de la realidad. El día nos despierta con la luz de nuestra bondadosa estrella, una maravillosa esfera que nos regala inagotables y variadas radiaciones electromagnéticas cargadas de energía que hacen posible la evolución en otra maravillosa esfera, desde donde emerge una variada e ingente cantidad de formas de vida. Nosotros, en principio los seres humanos, tenemos un tipo de consciencia que nos permite observar la belleza del entorno en el que transcurre nuestra existencia, podemos ser atónitos testigos de esta espectacular gama de objetos que nos regala nuestro Universo. Todos estos espectaculares objetos tienen una curiosa cosa en común: son redondos. En cualquier escala que observemos nuestro Universo aparecen objetos esféricos, es la forma natural por antonomasia, desde los inimaginablemente enormes Súper-Cúmulos hasta los escurridizos átomos que componen la escala más pequeña de nuestro mundo material.
 

En nuestra tetra-dimensional realidad, reducida a tres por nuestra natural limitación sensorial, los círculos, las esferas, las órbitas se nos aparecen como figuras lógicas y fácilmente comprensibles, que nos atrevemos a representar sin la más mínima duda sobre nuestra capacidad de razonamiento. Representar estos conceptos y movimientos nos es sumamente sencillo desde los albores de nuestra sociedad. Trazar un círculo exacto nos ha sido cada vez más fácil, desde una cuerda atada en un palo, un preciso compás, hasta un insuperable programa informático, nos ha acercado exponencialmente a poder lograr representar este objeto con absoluta precisión. Pero curiosamente, desde que nos separamos evolutivamente de todos  nuestros primos homínidos, esta figura tan cotidiana y familiar nos cuestiona permanentemente la lógica de nuestro pensamiento consciente. La enorme acumulación de conocimientos científicos de nuestra sociedad no ha sido capaz, hasta el momento, de representar este antiguo concepto matemático, que explica la totalidad de los objetos y movimientos que aprecian nuestros aturdidos sentidos, incluyendo el común.
 
Para Pitágoras significaba la belleza absoluta de lo inalcanzable, fue la representación gráfica de su bondadoso y justo dios, y Aristóteles 200 años después, lo elevó a la categoría de universal, o católico, como se decía en su griego natal y adoptado por el latín posterior (catholicus). El círculo contenía la perfección divina inalcanzable para el imperfecto ser humano, y sin quererlo, esta figura iba a acabar convirtiéndose en el responsable intelectual de una tiranía teocrática, amenazándonos permanentemente con un vengativo Dios que maneja caprichosamente nuestros destinos, y que nos oculta la verdadera causa de nuestra existencia. Desde entonces, la edad de oro de nuestra civilización, hasta hoy, nos hemos conformado con buscar un concepto lógico para poder continuar nuestro avance científico, y hemos dado con un valor, que aunque irracional, nos ha permitido racionalizar la realidad que nos corroboran nuestros sentidos. Este concepto lo conocemos como pi (π), que se llama así por ser la primera letra de la palabra  griega "perímetro", en el alfabeto de los mayores estudiosos de este concepto, y representa un número irracional que estamos obligados a aceptar porque significa la razón entre el perímetro de una circunferencia y su diámetro. Esto significa que si queremos creer en una realidad racional apoyada en la matemática y la lógica, hemos de aceptar esta excepción fundamental en su desarrollo y comprensión, sino, sólo nos queda el refugio espiritual, antagónico al sentido común y susceptible de manipulaciones sectarias, la fe.
 
El círculo
, esa figura geométrica tan común en nuestra realidad, no es un concepto que encaje fácilmente en la exactitud de la matemática que sustenta la comprensión lógica de la propia realidad. Desde los cálculos de las más antiguas civilizaciones sumerias y egipcias, hasta los de los más potentes ordenadores actuales no hemos logrado encontrar la razón entre el diámetro y el perímetro de una circunferencia. Si quisiéramos saber la superficie bidimensional exacta de un círculo, no podríamos hacerlo, su razón es irracional por lo que el cálculo sería siempre impreciso. Y si en las dos dimensiones de una superficie tenemos problemas, con el volumen tri-dimensional no lo tenemos más fácil. Hemos de asumir que esa bonita Luna llena, que podemos apreciar con absoluta precisión no es una esfera, o por lo menos que su naturaleza no es esférica, si no queremos deshacernos de un concepto tan enraizado en nuestra cultura. Para intentar comprender qué es lo que verdaderamente estamos viendo, hemos de partir de otra realidad mucho más evidente y que condiciona absolutamente nuestra percepción: el movimiento. Aunque todo lo que observemos parezca esférico, todo, absolutamente todo lo que vemos, esta en movimiento. No existe nada en nuestra realidad que no esté en movimiento, aunque las posiciones relativas nos hagan creer lo contrario, los átomos, los objetos que manipulamos, aún inmóviles ante nosotros, los objetos de nuestro sistema planetario, las más lejanas estrellas y Galaxias, todo está en permanente movimiento, y el inexorable transcurso del tiempo representa su insobornable testigo.
 
Vivimos en un Universo de órbitas circulares desde nuestro amanecer científico, desde Aristarco hasta hoy, tras el fatídico paréntesis aristotélico parcheado mal-intencionadamente por Ptolomeo y su católica fe, las órbitas celestes han sido circulares y aunque todavía quede alguien que no quiera creer en las pruebas  empíricas de los satélites artificiales, que demuestran la centralidad de nuestra estrella, admitimos sin ninguna excepción que los movimientos celestes de nuestro sistema planetario son circulares, aunque con forma elíptica como demostró Johannes Kepler a comienzos del siglo XVII. Tanto el modelo Geo-céntrico de Aristóteles, como el Heliocéntrico de Copérnico, o incluso el “Geo-heliocéntrico” de Tycho Brahe, perfectamente válidos desde una observación humana simple, nos llevan a pensar que las órbitas de los planetas, y de todos los objetos de nuestro sistema solar, son circulares, algo imperfectas pero muy similares, que acaban volviendo al punto de origen para formar una elipse muy aproximada a un círculo. El cambio del modelo geocéntrico al heliocéntrico nos hizo ver la importancia de las posiciones relativas, el hecho de vivir en un globo que gira sobre un eje, nos hizo creer durante muchos siglos que la totalidad del firmamento giraba alrededor nuestro, para acabar aceptando que sólo la Luna describía una órbita circular a nuestro alrededor. Así desde que el gran Galileo, el padre de nuestra moderna física, se jugó la vida defendiendo el modelo natural heliocéntrico, mucho más acorde con las observaciones que él mismo realizó, hemos descubierto un sistema circular en nuestro Universo, que aumenta infinitamente de un modo fractal, hasta las orbitas circulares de los Súper-Cúmulos galácticos.
 

De nuevo la genialidad de Albert Einstein, como en el caso de la falsa fuerza gravitacional, vino a iluminar el avance científico, y en su Teoría de la Relatividad General, advirtió que vivíamos en un Universo en movimiento perpetuo, un movimiento a través de una malla espacio-temporal, que a pesar suyo, sólo nos a traído a un Universo finito con un origen divino. Esta incontestable y perfecta teoría matemática del Universo, La Relatividad General, se utilizó tergiversadamente para proponer un Universo milagroso, que buscó la razón en la propia teoría, de un singular instante inicial sin más causa que un caprichoso mandamiento.
Es posible que la secuencia de los hechos, la expansión universal se descubrió una generación después de que Einstein publicara su teoría, nos llevara a imaginar un infinito número de estas flamantes Galaxias alejándose en la malla inflacionaria de espacio-tiempo, a lo mejor si hubiéramos aceptado los escrupulosos y geniales cálculos de “Sir George Darwin”, que probaban, a finales del siglo XIX, la expansión del más cercano sistema Tierra-Luna, del que resultaba el extraordinario hecho de que la Luna se alejaba de la Tierra, nos hubiera podido permitir la aplicación de la teoría de Einstein a la inflación, más próxima y familiar, de nuestro único satélite celeste. En ambos casos, se adivina la intervención interesada de los mismos poderes teocráticos que mutilan el desarrollo científico. En el caso del brillante astrónomo George Darwin, al ser agnóstico e hijo del autor de la sacrílega obra sobre la evolución de las especies, y en el caso de la evolución inflacionaria del Universo, la reserva de un lugar privilegiado para un Dios como motivo fundamental en su origen.
 
Pero si observamos objetivamente los movimientos de nuestro vecino más próximo en la infinidad del Universo observable, nuestro satélite la Luna, podemos llegar a ver al Universo que Einstein nos quería enseñar, ese Universo Estable en su infinita malla espacio-temporal, pero en incansable y constante movimiento. El hecho de observar un Universo en expansión no lleva inexorablemente a un Universo con un principio concreto y un final predecible, éste es uno solo de los modelos, y tan siquiera el más plausible, de hecho es el que más incógnitas nos deja con un único objetivo, nos hace inventar un 96% de la materia-energía para el mantenimiento de la obra de un Dios. Al observar el sistema Tierra-Luna desde un punto de vista más objetivo, despegándonos del geocéntrico punto de vista aristotélico, que se mantiene sólo en el caso de nuestro satélite, el movimiento que se aprecia es muy diferente, y aunque las posiciones de los dos cuerpos varían cíclicamente, la Luna en ningún momento hace un sólo giro alrededor de la Tierra, es más, si observáramos estos mismos movimientos desde la superficie Lunar, podríamos asegurar de manera irrefutable que es la Tierra la que gira alrededor de la Luna, podríamos intercambiar las posiciones de los objetos y mantener las mismas incongruencias desde la superficie de cada uno de ellos. El movimiento más acorde a la observación relativista de estos sucesos es ondular y no circular. Si intentamos rodear algo que está en movimiento hemos de trazar una onda, para poder rodear algo y volver a un punto de partida ese algo ha de estar inmóvil, si no es así, es imposible trazar un círculo para definir su trayectoria.
 
"Onda Orbital" es un término que define más exactamente los movimientos orbitales de nuestro satélite favorito. La Luna en relación a la trayectoria de la órbita terrestre, mantiene un movimiento zigzagueante y cíclico, y coincide periódicamente en puntos de la trayectoria de la Tierra, con relación al Sol. En el Cuarto menguante de su ciclo luminoso ocupa casi exactamente, el punto de trayectoria que la Tierra ocupará menos de cuatro horas más tarde; y del mismo modo, en Cuarto creciente, la Luna se posiciona en un punto de la trayectoria, donde se situó la Tierra, cuatro horas escasas antes. No podemos dejar de lado la enorme velocidad media a la que se desplaza el sistema Tierra-Luna respecto al Sol, casi 30 Km por segundo, de hecho prácticamente 29 veces más rápido de lo que desplaza la Luna respecto a la Tierra, y coincidente, seguro que por casualidad o mandato divino, con la duración aparente de su ciclo. Lo más sorprendente de este punto de vista más relativista y objetivo, es que este mismo patrón se puede aplicar a todas las escalas en nuestro Universo, resultando de ese ejercicio intelectual unas velocidades infinitas a escala cósmica y una energía infinita a escala cuántica, justo lo que parece que nos muestra la ciencia más vanguardista y más alejada de la ortodoxia.

Las representaciones esquematizadas y a escala no ayudan a representar intelectualmente este cambio de percepción, y la secuencia de movimientos que nos permite determinar la escala temporal es muy breve y limitada, sólo podemos intuir estas ondas orbitales en nuestro sistema planetario. Más allá, una inmutable instantánea de un solo fotograma no nos dice más de lo que queramos escuchar. De nosotros depende creer lo que se dice desde un púlpito, aunque este bendecido. Hasta hace 400 años creíamos estar suspendidos e inmóviles en el centro de un pequeño Universo que no iba más allá de Saturno, desde hace 90 sabemos que nuestro Universo se expande a velocidades extraordinarias e incomprensibles, donde sus límites los marca exclusivamente la velocidad de la luz, una limitación que nos impide ver más allá de la propia limitación de nuestro sentido, pero es lógico pensar que nuestro pequeño sistema planetario, arrastrado por su estrella, viaja a una velocidad inimaginable, imperceptible desde nuestra distorsionada situación en la malla espacio-temporal, hacia un futuro, que parece tener una única dirección sin lugar lógico para las percepciones cíclicas que creemos percibir.

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