El Universo "oscuro"


 El Universo que comprendemos parece ser muy oscuro, la vieja paradoja de Olbers va más allá de ese cielo nocturno que nos maravilla, y la oscuridad que envuelve las noches de Luna nueva, no es nada comparada con la oscuridad que da forma a su propia naturaleza. Es extraño que para dar respuesta a esta incongruencia científica, planteada hace más de cuatro siglos por Johannes Kepler, hayamos creado una naturaleza del Universo más oscura que las noches que la suscitaron. El Universo en expansión que hemos descubierto, y que da una respuesta a esta paradoja, está compuesto principalmente por Materia oscura y Energía oscura. La primera porque no se ve y la segunda porque no la comprendemos, pero juntas conforman el 95% del Universo, dejándonos un minúsculo 5% de materia ordinaria para nuestra comprensión lógica y científica.

Tanto la Materia oscura como la Energía oscura surgieron para explicar observaciones efectuadas a lo largo del siglo veinte tras los extraordinarios descubrimientos de Edwin Hubble desde el observatorio del Monte Wilson, que demostraban la naturaleza inflacionaria del Universo que habitamos. En el caso de la Materia oscura, parece ser la responsable de las fuerzas gravitatorias que amalgaman los miles de millones de estrellas que conforman todas y cada una de las Galaxias del Universo. Y en el caso de la Energía oscura, es la misteriosa fuerza responsable de aceleración constante de la vieja expansión descubierta por Hubble y que a finales del siglo pasado se descubrió como una inflación que provocaba el acelerado distanciamiento de todas las Galaxias que detectamos.
La idea de Energía oscura, oscura por desconocida e incomprendida en este caso, surgió por primera vez como una constante cosmológica de la mente de Albert Einstein. El Universo estático que defendía Einstein evidenciaba la existencia de una fuerza gravitacional repulsiva que contrarrestara las distorsiones espacio-temporales de su flamante modelo propuesto en la Relatividad General. Albert Einstein propuso la existencia de una constante universal que explicaba elegantemente la naturaleza y el estado del Universo de entonces. Pero la observaciones de E. Hubble en el año 29 le hicieron renegar de esta idea llegándola a considerar él mismo, como el peor error de su carrera. La idea de un Universo estático quedó relegada definitivamente, y su constante cosmológica brillantemente desarrollada, innecesaria ya, para el nuevo Universo inflacionario. Pero como siempre, en el caso de Albert Einstein, ésta idea, como otras surgidas de su portentosa imaginación, no ha dejado de merodear por los oscuros laberintos de la física hasta hoy.
 
Esta misteriosa fuerza repulsiva supone nada menos que el 70% del Universo según el modelo actual, nacido de una inexplicable gran explosión y según parece, en una acelerada expansión de la que es responsable. Sin la intervención de esta fuerza, el modelo inflacionario actual no tendría una explicación plausible y por lo tanto, no necesitaríamos un milagroso inicio de sospechosa intervención divina, en el que se hace imprescindible otra fuerza más misteriosa si cabe, que Newton llamó Gravedad y que Einstein descartó en su teoría. Así que a fecha de hoy, el modelo aceptado católicamente (o universalmente) está construido en base a dos fuerzas fuera de toda lógica científica mantenidas únicamente por la fe. La Energía oscura que no comprendemos y la Gravedad, que a pesar de haber quedado probado en la Relatividad General de Einstein que no existe, nos empecinamos en mantener tozudamente sin ningún motivo coherente. Entre la fuerzas fundamentales de la naturaleza, seguimos manteniendo en un lugar privilegiado a la antigua Gravedad de Newton, de la que el mismo dijo no comprender y prefirió dejar en manos de Dios, y sin embargo dejamos fuera de esta categoría ésta desconocida, que supone casi tres cuartas partes de nuestro Universo.
 
Es posible imaginar un modelo más simple de Universo que descarte todas estas misteriosas fuerzas, acorde con el Universo estático de Fred Hoyle y Einstein, y que sólo implique a la única fuerza de largo alcance que hemos conseguido describir empíricamente y que no consideramos fundamental por lo obvio de sus efectos: La vieja Inercia de Galileo, en la que basó Newton todo su trabajo, y sólo tras las grandes e indispensables contribuciones matemáticas de Descartes y Kepler, que le llevaron al desarrollo de su equivocada teoría de la gravitación universal. Si todos los cuerpos que observamos en el Universo han evolucionado a partir de un empuje inicial o inercia, en un Universo sin fuerza de Gravedad que lo impida, esa fuerza inercial original se mantiene indefinidamente cambiando su energía de estado potencial y cinético cíclicamente sin resistencia alguna que merme su valor inicial. Así el pronóstico erróneo hasta la década de los 70, de la caída permanente de la Luna hacia la Tierra, se transforma en una Luna en permanente alejamiento de la Tierra a causa del impulso inicial de la acelerada rotación de una Tierra joven y en plena formación, como predijo en el siglo XIX George Darwin y que se ha demostrado perfectamente correcto en sus cálculos hasta hoy día.
 
Si imaginamos un Universo donde todos los objetos que lo componen surgen de los centros respectivos que observamos en sus órbitas, y que nos han hecho creer en la existencia de unos círculos que no podemos demostrar con la matemática, nuestra mejor herramienta lógica, no es necesaria ninguna fuerza misteriosa que lo sustente artificialmente. Podemos imaginar las órbitas elípticas como intercambios cíclicos y armónicos del estado de fuerzas que estudió Galileo en sus años de cautiverio, al final de su vida. Al igual que la Luna emergió de una joven Tierra en formación y con una enorme velocidad de rotación, la Tierra al igual que el resto de planetas de nuestro sistema solar, emergió hace miles de millones de años de su estrella, tal vez como residuo de la constante síntesis los distintos átomos de la materia que conocemos, y que acaba con la formación del Hierro, justo el elemento principal de nuestro planeta, y el del resto de planetas sólidos de nuestro sistema solar. Desde el momento del nacimiento de un objeto la Inercia que lo impulsó en forma de energía cinética va transformándose en potencial hasta llegar a un punto dónde toda toda esta energía transformada en potencial, vuelve a transformarse en cinética en un ciclo infinito y permanente. Podríamos visualizar un oscilador armónico que aumenta constantemente la Longitud y Amplitud de su onda sin fuerza alguna que frene su impulso inicial. Únicamente con esta fuerza inercial aplicada en el comienzo de un sistema de fuerzas tendríamos como resultado un Universo en permanente y acelerada expansión pero que permanecería estable sin necesidad de principio ni final, un Universo estable y eterno sustentado exclusivamente en la lógica de nuestra comprensión de la realidad.
 
La Materia oscura, oscura por su naturaleza indeterminable, multiplica por cinco la materia ordinaria con la interactuamos en el mundo físico que comprendemos. Su existencia se dedujo en los años 30 a partir de las interacciones gravitacionales de un cúmulo de galaxias, en la que se evidenciaba la presencia de mucha más materia de la que se observaba. 40 años más tarde, en la década de los 70, una astrónoma americana confirmó esta hipótesis observando el movimiento de las estrellas alrededor de las galaxias espirales. Vera Rubin observó que en las lejanas galaxias espirales las velocidades angulares de las estrellas, a distintas distancias de su centro, parecían ser las mismas, algo que contravenía la segunda ley de Kepler y que sólo se podía explicar por la presencia de mucha más materia en la Galaxia. Desde entonces esta materia fantasmal que sólo actúa gravitacionalmente, invisible en todas las frecuencias electromagnéticas que detectan nuestros ingenios tecnológicos, sigue siendo clave y fundamental para explicar las agrupaciones galácticas que forman las estrellas.
 
Parece que en los años 30 las ideas de Einstein ya no eran tan respetadas como en la década anterior, cuando su teoría de la Relatividad General dejó absolutamente claro que vivíamos en un mundo de espejismos físicos en los que el tiempo y el espacio deformaban la realidad que creíamos observar. Ninguna de estas observaciones tuvo en cuenta la distorsión espacio-temporal y el efecto distorsionador que produce en nuestra percepción. La malla espacio-temporal de nuestro espacio tridimensional está llena de vórtices provocados por la masa de los objetos que componen nuestro Universo. Nuestro Sol con su enorme masa provoca una acentuada distorsión espacio-temporal que a su vez, provoca un efecto físico que desde hace mucho tiempo confundimos como una fuerza, la Gravedad; pero Einstein demostró que era producto de un espejismo físico, y que era la distorsión espacio temporal la única responsable de este efecto. Sin embargo, a pesar de ser conscientes de este engaño sensorial y físico, la eclíptica tridimensional del sistema solar la reconocemos perfectamente plana, nuestros receptores sensoriales no detectan estos enormes y profundos vórtices, la Tierra está en el plano del ecuador solar, y no sólo la Tierra, la totalidad de los objetos de nuestro sistema planetario parecen estar suspendidos en esa eclíptica perfectamente lisa que corta el plano de la esfera solar por su parte más oronda.
 
Si esto no es suficiente para dudar de la necesidad de la existencia de este tipo de materia tan particular, podemos intentar rebatirlo con el significado de la tercera ley de Kepler, que relaciona los períodos de rotación con las distancias al centro del sistema. Según la tercera ley de Kepler el período de rotación de los planetas está relacionado con la distancia al centro de cada uno de ellos, así el período de rotación solar de la Tierra es más corto que el de Júpiter, mucho más alejado; igualmente el periodo de Mercurio es menor que el de la Tierra, y el de Saturno mayor que todos ellos. De todo esto deducimos erróneamente que Júpiter viaja más lentamente que nosotros, y que nosotros lo hacemos mucho más lentamente que Mercurio, el raudo Dios mensajero de la mitología romana. El hecho objetivo que explica esta relación matemática de la tercera ley de Kepler es únicamente la distorsión espacio-temporal que somos incapaces de distinguir directamente con nuestros sentidos. El hecho de observar todos estos objetos en un engañoso plano eclíptico nos hace creer que su velocidad es distinta, a fin de cuentas la velocidad es una derivada del espacio respecto al tiempo, si cualquiera de sus operadores está distorsionado su resultado lo estará igualmente y en este caso sabemos, gracias a Einstein, que lo está. Tanto Júpiter como la Tierra o Mercurio, todos los planetas y objetos que forman el Sistema Solar, se desplazan en relación al centro de nuestra vía láctea a la misma velocidad. El Sol y su corte planetaria con sus satélites y asteroides, viajan juntos a la misma velocidad media, no puede ser de otra manera, sus posiciones relativas no se repetirían cíclicamente de ninguna otra forma, prácticamente cada doce años, Júpiter vuelve a estar en la misma posición relativa a la Tierra, la Tierra y Júpiter han recorrido la misma distancia en el mismo tiempo, aunque nos parezca que no y confirmemos empíricamente que su velocidad es mucho más lenta, no es así, es un espejismo físico observado desde una posición espacio-temporal profundamente distorsionada, producida por la masa terrestre.
 
Desde el advenimiento del modelo inflacionario, que nos hace creer en una expansión acelerada del Universo, abandonamos una idea racional y lógica para adentrarnos de nuevo en el mundo de la fe, dominado por los dogmas. Desde entonces no hemos dejado de incluir fenómenos sin sustento lógico y racional, que nos ha traído de vuelta a un Universo lleno de incongruencias, mantenido artificialmente por la ortodoxia científica y guiado interesadamente por la irracional fe, dueña todavía de la conciencia colectiva de la humanidad. Después de milenios sustituyendo los dioses por la comprensión, hemos llegado a un punto donde el que queda, no sólo parece no dispuesto a ceder, sino que pretende recuperar y adueñarse del conocimiento de la naturaleza de los fenómenos que creíamos haber resuelto durante nuestra breve trayectoria científica. Según la ortodoxia científica actual, nuestro Universo es tan oscuro como los templos desde los que se promulga su supuesta naturaleza divina, donde sólo un Dios pudo dar comienzo a la realidad que percibimos, y si para mantener este modelo, debemos abandonar la comprensión racional de la naturaleza de las fuerzas y fenómenos que lo conforman, el único camino que nos queda es la fe. Albert Einstein nos abrió un camino más lógico, aunque ciertamente, muy extraño para nuestros sentidos, pero nos lleva a un Modelo Simple de nuestro Universo mucho más lógico, acorde con los fenómenos que descubrimos, siempre que abandonemos nuestro egocéntrico y relativo punto de vista y miremos más allá de nuestro ombligo.

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