El Universo que comprendemos parece ser muy oscuro, la vieja paradoja de Olbers
va más allá de ese cielo nocturno que nos maravilla, y la oscuridad que
envuelve las noches de Luna nueva, no es nada comparada con la
oscuridad que da forma a su propia naturaleza. Es extraño que para dar
respuesta a esta incongruencia científica, planteada hace más de cuatro
siglos por Johannes Kepler, hayamos creado una naturaleza del Universo
más oscura que las noches que la suscitaron. El Universo en expansión
que hemos descubierto, y que da una respuesta a esta paradoja, está
compuesto principalmente por Materia oscura y Energía oscura.
La primera porque no se ve y la segunda porque no la comprendemos, pero
juntas conforman el 95% del Universo, dejándonos un minúsculo 5% de
materia ordinaria para nuestra comprensión lógica y científica.
El Universo "oscuro"
La idea de Energía oscura, oscura por desconocida e incomprendida en este caso, surgió por primera vez como una constante cosmológica de la mente de Albert Einstein.
El Universo estático que defendía Einstein evidenciaba la existencia de
una fuerza gravitacional repulsiva que contrarrestara las distorsiones
espacio-temporales de su flamante modelo propuesto en la Relatividad General. Albert Einstein
propuso la existencia de una constante universal que explicaba
elegantemente la naturaleza y el estado del Universo de entonces. Pero
la observaciones de E. Hubble en el año 29 le hicieron renegar
de esta idea llegándola a considerar él mismo, como el peor error de su
carrera. La idea de un Universo estático quedó relegada definitivamente,
y su constante cosmológica brillantemente desarrollada, innecesaria ya,
para el nuevo Universo inflacionario. Pero como siempre, en el caso de Albert Einstein,
ésta idea, como otras surgidas de su portentosa imaginación, no ha
dejado de merodear por los oscuros laberintos de la física hasta hoy.
Esta misteriosa fuerza repulsiva supone nada menos que el 70% del
Universo según el modelo actual, nacido de una inexplicable gran
explosión y según parece, en una acelerada expansión de la que es
responsable. Sin la intervención de esta fuerza, el modelo inflacionario
actual no tendría una explicación plausible y por lo tanto, no
necesitaríamos un milagroso inicio de sospechosa intervención divina, en
el que se hace imprescindible otra fuerza más misteriosa si cabe, que Newton llamó Gravedad y que Einstein descartó en su teoría. Así que a fecha de hoy, el modelo aceptado católicamente (o universalmente) está construido en base a dos fuerzas fuera de toda lógica científica mantenidas únicamente por la fe.
La Energía oscura que no comprendemos y la Gravedad, que a pesar de
haber quedado probado en la Relatividad General de Einstein que no
existe, nos empecinamos en mantener tozudamente sin ningún motivo
coherente. Entre la fuerzas fundamentales de la naturaleza, seguimos
manteniendo en un lugar privilegiado a la antigua Gravedad de Newton,
de la que el mismo dijo no comprender y prefirió dejar en manos de
Dios, y sin embargo dejamos fuera de esta categoría ésta desconocida,
que supone casi tres cuartas partes de nuestro Universo.
Es
posible imaginar un modelo más simple de Universo que descarte todas
estas misteriosas fuerzas, acorde con el Universo estático de Fred Hoyle y Einstein,
y que sólo implique a la única fuerza de largo alcance que hemos
conseguido describir empíricamente y que no consideramos fundamental por
lo obvio de sus efectos: La vieja Inercia de Galileo, en la que basó Newton todo su trabajo, y sólo tras las grandes e indispensables contribuciones matemáticas de Descartes y Kepler,
que le llevaron al desarrollo de su equivocada teoría de la gravitación
universal. Si todos los cuerpos que observamos en el Universo han
evolucionado a partir de un empuje inicial o inercia, en un Universo sin
fuerza de Gravedad que lo impida, esa fuerza inercial original se
mantiene indefinidamente cambiando su energía de estado potencial y
cinético cíclicamente sin resistencia alguna que merme su valor inicial.
Así el pronóstico erróneo hasta la década de los 70, de la caída
permanente de la Luna hacia la Tierra, se transforma en una Luna en
permanente alejamiento de la Tierra a causa del impulso inicial de la
acelerada rotación de una Tierra joven y en plena formación, como
predijo en el siglo XIX George Darwin y que se ha demostrado perfectamente correcto en sus cálculos hasta hoy día.
Si imaginamos un Universo donde todos los objetos que lo componen
surgen de los centros respectivos que observamos en sus órbitas, y que
nos han hecho creer en la existencia de unos círculos que no podemos
demostrar con la matemática, nuestra mejor herramienta lógica, no es
necesaria ninguna fuerza misteriosa que lo sustente artificialmente.
Podemos imaginar las órbitas elípticas como intercambios cíclicos y
armónicos del estado de fuerzas que estudió Galileo en sus años
de cautiverio, al final de su vida. Al igual que la Luna emergió de una
joven Tierra en formación y con una enorme velocidad de rotación, la
Tierra al igual que el resto de planetas de nuestro sistema solar,
emergió hace miles de millones de años de su estrella, tal vez como
residuo de la constante síntesis los distintos átomos de la materia que
conocemos, y que acaba con la formación del Hierro, justo el elemento
principal de nuestro planeta, y el del resto de planetas sólidos de
nuestro sistema solar. Desde el momento del nacimiento de un objeto la
Inercia que lo impulsó en forma de energía cinética va transformándose
en potencial hasta llegar a un punto dónde toda toda esta energía
transformada en potencial, vuelve a transformarse en cinética en un
ciclo infinito y permanente. Podríamos visualizar un oscilador armónico que aumenta constantemente la Longitud y Amplitud
de su onda sin fuerza alguna que frene su impulso inicial. Únicamente
con esta fuerza inercial aplicada en el comienzo de un sistema de
fuerzas tendríamos como resultado un Universo en permanente y acelerada
expansión pero que permanecería estable sin necesidad de principio ni
final, un Universo estable y eterno sustentado exclusivamente en la
lógica de nuestra comprensión de la realidad.
La Materia oscura,
oscura por su naturaleza indeterminable, multiplica por cinco la
materia ordinaria con la interactuamos en el mundo físico que
comprendemos. Su existencia se dedujo en los años 30 a partir de las
interacciones gravitacionales de un cúmulo de galaxias, en la que se
evidenciaba la presencia de mucha más materia de la que se observaba. 40
años más tarde, en la década de los 70, una astrónoma americana
confirmó esta hipótesis observando el movimiento de las estrellas
alrededor de las galaxias espirales. Vera Rubin
observó que en las lejanas galaxias espirales las velocidades angulares
de las estrellas, a distintas distancias de su centro, parecían ser las
mismas, algo que contravenía la segunda ley de Kepler y que
sólo se podía explicar por la presencia de mucha más materia en la
Galaxia. Desde entonces esta materia fantasmal que sólo actúa
gravitacionalmente, invisible en todas las frecuencias electromagnéticas
que detectan nuestros ingenios tecnológicos, sigue siendo clave y
fundamental para explicar las agrupaciones galácticas que forman las
estrellas.
Parece que en los años 30 las ideas de Einstein ya no eran tan respetadas como en la década anterior, cuando su teoría de la Relatividad General
dejó absolutamente claro que vivíamos en un mundo de espejismos físicos
en los que el tiempo y el espacio deformaban la realidad que creíamos
observar. Ninguna de estas observaciones tuvo en cuenta la distorsión espacio-temporal y el efecto distorsionador que produce en nuestra percepción. La malla espacio-temporal
de nuestro espacio tridimensional está llena de vórtices provocados por
la masa de los objetos que componen nuestro Universo. Nuestro Sol con
su enorme masa provoca una
acentuada distorsión espacio-temporal que a su vez, provoca un efecto físico que
desde hace mucho tiempo confundimos como una fuerza, la Gravedad; pero Einstein
demostró que era producto de un espejismo físico, y que era la
distorsión espacio temporal la única responsable de este efecto. Sin
embargo, a pesar de ser conscientes de este engaño sensorial y físico,
la eclíptica tridimensional del sistema solar la reconocemos
perfectamente plana, nuestros receptores sensoriales no detectan estos
enormes y profundos vórtices, la Tierra está en el plano del ecuador
solar, y no sólo la Tierra, la totalidad de los objetos de nuestro
sistema planetario parecen estar suspendidos en esa eclíptica
perfectamente lisa que corta el plano de la esfera solar por su parte
más oronda.
Si
esto no es suficiente para dudar de la necesidad de la existencia de
este tipo de materia tan particular, podemos intentar rebatirlo con el
significado de la tercera ley de Kepler, que relaciona los períodos de rotación con las distancias al centro del sistema. Según la tercera ley de Kepler
el período de rotación de los planetas está relacionado con la
distancia al centro de cada uno de ellos, así el período de rotación
solar de la Tierra es más corto que el de Júpiter, mucho más alejado;
igualmente el periodo de Mercurio es menor que el de la Tierra, y el de
Saturno mayor que todos ellos. De todo esto deducimos erróneamente que
Júpiter viaja más lentamente que nosotros, y que nosotros lo hacemos
mucho más lentamente que Mercurio, el raudo Dios mensajero de la
mitología romana. El hecho objetivo que explica esta relación matemática
de la tercera ley de Kepler es únicamente la distorsión espacio-temporal
que somos incapaces de distinguir directamente con nuestros sentidos.
El hecho de observar todos estos objetos en un engañoso plano eclíptico
nos hace creer que su velocidad es distinta, a fin de cuentas la
velocidad es una derivada del espacio respecto al tiempo, si cualquiera
de sus operadores está distorsionado su resultado lo estará igualmente y
en este caso sabemos, gracias a Einstein, que lo está. Tanto
Júpiter como la Tierra o Mercurio, todos los planetas y objetos que
forman el Sistema Solar, se desplazan en relación al centro de nuestra
vía láctea a la misma velocidad. El Sol y su corte planetaria con sus
satélites y asteroides, viajan juntos a la misma velocidad media, no
puede ser de otra manera, sus posiciones relativas no se repetirían
cíclicamente de ninguna otra forma, prácticamente cada doce años,
Júpiter vuelve a estar en la misma posición relativa a la Tierra, la
Tierra y Júpiter han recorrido la misma distancia en el mismo tiempo,
aunque nos parezca que no y confirmemos empíricamente que su velocidad
es mucho más lenta, no es así, es un espejismo físico observado desde
una posición espacio-temporal profundamente distorsionada, producida por
la masa terrestre.
Desde
el advenimiento del modelo inflacionario, que nos hace creer en una
expansión acelerada del Universo, abandonamos una idea racional y lógica
para adentrarnos de nuevo en el mundo de la fe, dominado por los
dogmas. Desde entonces no hemos dejado de incluir fenómenos sin sustento
lógico y racional, que nos ha traído de vuelta a un Universo lleno de
incongruencias, mantenido artificialmente por la ortodoxia científica y
guiado interesadamente por la irracional fe, dueña todavía de la
conciencia colectiva de la humanidad. Después de milenios sustituyendo
los dioses por la comprensión, hemos llegado a un punto donde el que
queda, no sólo parece no dispuesto a ceder, sino que pretende recuperar y
adueñarse del conocimiento de la naturaleza de los fenómenos que
creíamos haber resuelto durante nuestra breve trayectoria científica.
Según la ortodoxia científica actual, nuestro Universo es tan oscuro
como los templos desde los que se promulga su supuesta naturaleza
divina, donde sólo un Dios pudo dar comienzo a la realidad que
percibimos, y si para mantener este modelo, debemos abandonar la
comprensión racional de la naturaleza de las fuerzas y fenómenos que lo
conforman, el único camino que nos queda es la fe. Albert Einstein nos abrió un camino más lógico, aunque ciertamente, muy extraño para nuestros sentidos, pero nos lleva a un Modelo Simple
de nuestro Universo mucho más lógico, acorde con los fenómenos que
descubrimos, siempre que abandonemos nuestro egocéntrico y relativo
punto de vista y miremos más allá de nuestro ombligo.
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