El peso de la Gravedad

 La Ley de la Gravitación Universal o Ley de la Gravedad es la fuerza con la que se atraen dos masas entre si. Este principio fundamental en nuestra historia científica, fue publicado por Sir Isaac Newton en 1687 en su obra conocida como los "Principia Mathematica" y 325 años más tarde, su constante Universal, la primera descubierta por la ciencia, sigue siendo la responsable principal de la naturaleza de nuestro Universo.

Lo realmente "grave" es que, en el centenario de la teoría de relatividad general de Albert Einstein, continuemos creyendo y predicando la existencia de esta desacreditada y refutada fuerza divina que imaginó el vanagloriado Newton, y no hayamos asimilado ese espejismo físico que provoca la distorsión espacio-temporal que nos descubrió el genio del gran Einstein.

La Gravedad es la fuerza resultante de las leyes del movimiento de la mecánica clásica de Newton, y la constante que resulta, es la más imprecisa y débil de las cuatro fuerzas naturales que conocemos en la actualidad. La Gravedad es una fuerza atractiva entre dos cuerpos, directamente proporcional al producto de sus masas e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia entre ellos. Este principio fundamental de nuestra física clásica continua vigente tres siglos más tarde de su advenimiento a pesar de ser un concepto caduco y erróneo, brillantemente refutado en la Relatividad General de Albert Einstein, hace prácticamente 100 años. La Gravedad, esa fuerza tan débil como misteriosa, calificada como divina por el propio Newton, sigue pesando como una losa en el desarrollo científico de la humanidad.

Es uno de los conceptos científicos más arraigados en la sociedad, y su anecdótico descubrimiento, tan famoso como seguramente falso, es el más conocido incluso por los profanos en la materia, pero el caso es que la manzana de Newton, parece ser que fue el golpe sobre su cabeza, inspiró a un joven e introvertido estudiante de Cambridge para desarrollar las leyes físicas que descubrirían la mecánica universal que gobierna la naturaleza. Pero la historia es muy dada a idealizar las situaciones y circunstacias que preceden e intervienen en el resultado que se nos explica, y una manera muy eficaz para retener un concepto es cargar su contenido con emociones y anécdotas que nos fijen su recuerdo. Así prácticamente la totalidad de la sociedad occidental conoce quién fue Newton, sabe que seguramente le gustaban las manzanas, y es consciente de la gravedad del tema que trató. Bromas aparte, todos sabemos que existe una fuerza que hace que todo caiga hacia el suelo, y todos sabemos que esa fuerza es la Fuerza de la Gravedad, es tan obvio y familiar que podemos calcular inconscientemente el tiempo y la trayectoria de pequeños objetos al caer. La Gravedad es un concepto físico tan natural como el propio fenómeno y su desarrollo matemático es tan simple (a primera vista) que desde su elaboración hasta nuestros días, no ha sufrido ningún cambio en cuanto a la percepción lógica que tenemos de él.


Pero la historia de la Gravedad guarda detalles que explican mejor su verdadero origen, un origen lejos de la anecdótica inspiración de un genial y excepcional científico en un momento de especial iluminación. La Ley de la Gravedad tiene su origen en una simple y ordinaria observación estudiada desde nuestros albores científicos: La caída de los cuerpos. Desde los tiempos de los grandes filósofos griegos hemos indagado en la naturaleza de los movimientos, el comportamiento y la trayectoria de los objetos al caer. Así el clásico concepto del "impetus", que predominó hasta bien entrado el siglo XVII, fue transformado por el primer físico de la historia, Galileo Galilei, en una elegante y exacta Ley de la Inercia, que desarrolló matemáticamente, un siglo más tarde, Isaac Newton en la primera de sus leyes del movimiento. Galileo fue el primero que observó la relación exacta entre la distancia y el tiempo de caída de un objeto con mediciones objetivas y un método verdaderamente científico. Un siglo antes lo había intentado el gran Leonardo, pero ni este gran genio pudo explicar el fenómeno coherentemente, fue Galileo el verdadero genio que nos llevó hacia la comprensión de este cotidiano y "clásico" fenómeno.
 

Galileo
fue el primer físico mecánico de nuestra historia además del verdadero arquitecto del Universo mecánico que conocemos. Gracias a su genio y valentía (o temeridad) salimos de un verdadero atolladero en la evolución científica, para dirigirnos a un mundo más racional y humanista que disparó exponencialmente nuestra evolución tecnológica. Los experimentos y pioneros estudios de Galileo nos llevaron a la precisión mecánica del tiempo, derivada de sus estudios sobre el péndulo, que descubrieron a su vez, la caída uniformemente acelerada de todos los cuerpos en el vacío, fue el pionero en la fabricación y utilización de la tecnología en la ciencia y el verdadero artífice de la implantación popular del revolucionario Universo heliocéntrico de Copérnico, que defendió hasta que amenazaron su vida. Estos estudios en manos de un colega suyo, gran matemático y astrónomo (por entonces astrólogo) de la Europa protestante, llamado Johannes Kepler, fueron la base fundamental e imprescindible en el desarrollo de la primera ley de Newton con la misma denominación, conocida como Ley de Inercia de Newton. Los cálculos de esta ley llevaban, en el caso de la caída acelerada y uniforme de Galileo, a una constante que Newton bautizó como Gravedad, un término que en su época se utilizaba para cuantificar la masa de los objetos y que actualmente denominamos Peso. Así que, si lo hubiéramos descubierto en la actualidad, se habría llamado Pesadez y en este artículo, extrapolando el término desde aquella época, hablaríamos de la Ley de la Pesadez.

La época histórica que vivió Newton no fue muy benevolente, pero gracias a su situación familiar, él pudo sobrevivir a la peste que asoló Londres y que diezmó (literalmente) su población. La época que les tocó vivir a Galileo y Kepler fue mucho más cruel y desgraciada, viviendo inmersos en una lucha de religiones donde la herejía, que precedía a la hoguera, era el delito más común en la Europa pos-revolucionaria de Copérnico. Una época donde el número de herejes y brujas que ardían en las llamas purificadoras de las hogueras católicas sólo era superado por el número de libros que lo hacían, recién salidos de las flamantes imprentas de la época. Así Newton, exento de tan acérrima censura y al abrigo de la iglesia anglicana, escindida desde hacía más de un siglo, podía inspirarse con ideas más libres e innovadoras. Y una de estas ideas publicada en una recopilación extraordinaria sobre el magnetismo, sirvió de inspiración para extender los principios de la inercia al Universo Heliocéntrico de Copérnico, Galileo y Kepler. La obra referida se llamaba "De magnete" o "Sobre los imanes", escrita por un médico inglés que recopiló todo el conocimiento acumulado sobre este fenómeno desde la Grecia clásica en una gran obra, y que concluía con una visión muy particular y atrevida sobre el Universo de Copérnico. El doctor William Gilbert, trás años de estudio y experimentación, concluía en esta obra que la Tierra actuaba como un poderoso imán y responsabilizaba a esta causa, el inexplicable funcionamiento de las brújulas, utilizadas desde el siglo X pero sin ninguna explicación natural hasta entonces. Pero la idea más sorprendente de sus estudios era la representación "magnética" del moderno Universo Heliocéntrico, en la que representaba un Sistema planetario gobernado por fuerzas magnéticas que actuaban a distancia y que daban forma a la estructura del Universo conocido entonces.
 
Esta obra de ideas tan vanguardistas que vio la luz en 1600, año en que la "Santa Inquisición" quemaba al gran humanista y científico Giordano Bruno en Roma, por sus heréticas ideas de un Universo poblado de estrellas como nuestro Sol, en las que podía existir planetas con seres vivos como el nuestro, fue censurada en la Europa católica y sólo su tratado clásico, compatible con la ortodoxia católica, llegó a ojos de Kepler y Galileo que no pudieron conocer los brillantes y coherentes razonamientos que exponía su experto y estudioso autor. Es muy importante conocer la relevancia que tuvieron estas ideas en los razonamientos de Newton, que al contrario de sus geniales predecesores europeos, encontró en su propia universidad de Cambridge el soporte total sobre estas atrevidas ideas nacidas en el seno de esta misma institución de la élite de esta época. De este modo Newton pudo dejar de lado, en el desarrollo matemático de su mecánica de los movimientos, el inexplicable efecto de la acción a distancia entre dos masas, poniendo como efecto comparativo el magnetismo, que de manera conocida y natural, representaba una argumentación cuando menos comparativa en su Universo mecánico gobernado por aceleraciones, fuerzas y vectores. En definitiva, Newton imaginó una especie de fuerza atractiva muy similar al magnetismo, pero infinitamente mas débil, como responsable principal del orden observado en el Universo, que por entonces no llegaba más allá de Saturno. Este principio, desarrollado matemáticamente con su innovador cálculo diferencial (él lo llamaba Fluxiones) le llevó a las famosas conclusiones, concretadas como las tres leyes del movimiento en su gran obra "Philosophiae naturalis principia mathematica".
 
Desde entonces y hasta hoy, estas leyes se han convertido en verdaderos axiomas en nuestra física, y si bien en el caso de las leyes de Kepler lo son realmente, al tratarse de observaciones empíricas, en el caso de Newton son sólo fruto de un desarrollo intelectual con el objetivo principal de dar una explicación lógica y coherente a unos fenómenos naturales, con las matemáticas que hemos desarrollado. El objetivo preconcebido del desarrollo matemático de Newton iba dirigido a que los resultados no contravinieran las conclusiones de los grandes filósofos griegos, por lo que el concepto clásico del orden Universal no debía salir mal parado, y así la idea equivocada en la ciencia clásica de que la Luna se acercaba lenta e inexorablemente a la Tierra, quedó totalmente razonada y encumbrada en su elegante cálculo de Fuerzas. Así que esta obra matemática, que gobierna la mecánica de los movimientos universales y que sirvió para establecer unas leyes físicas que regían lo divino y lo humano, fue fruto de un viejo ardid en la historia de la ciencia, encaminado soslayadamente a la obtención de un resultado premeditado. Si la extensión de las leyes del movimiento de Newton, que explicaban de forma tan precisa la trayectoria de las balas de los cañones, hubieran generado resultados contrarios al Universo clásico imperante todavía en tiempos de Newton, sus conclusiones no hubieran alcanzado la aceptación universal que gozan en nuestros días.
 
500 años antes, Claudio Ptolomeo, un extraordinario matemático además de un gran astrónomo y filósofo, logró afianzar el erróneo Universo geocéntrico de Aristóteles con el desarrollo de un nuevo concepto geométrico que mantuvo cuatro siglos más la esfericidad divina y aristotélica impuesta por la fe católica. Ptolomeo utilizó los epiciclos, unos círculos con un centro en movimiento, que explicaban razonablemente los movimientos retrógrados de los planetas. En este caso como en el caso de la Gravedad newtoniana, el desarrollo matemático es de un gran valor para la evolución de la ciencia en su conjunto, pero el gran error de percepción que lo sostiene, nos hizo y nos hace seguir, una trayectoria científica alejada de la más pura objetividad que debe prevalecer obstinadamente en nuestro desarrollo científico. Hace casi un siglo que la Fuerza de Gravedad dejo de existir como tal, Einstein nos descubrió que se trataba de un espejismo físico, uno más, y que el fenómeno que apreciamos es en realidad una distorsión del tejido espacio-temporal que nos hace creer en una misteriosa Fuerza que atrae las masas entre si, pero los efectos a escala humana son del todo inapreciables, por lo que la mecánica de Newton sigue constituyendo una herramienta matemática muy válida en la escala de nuestra realidad. Desde la Teoría General de la Relatividad, la Fuerza de la Gravedad ha perdido su categoría de Universal, y más allá de la atmósfera de nuestro planeta ya no tiene ninguna validez, pero en su superficie, la aparente simplicidad de su lógica, simplifica enormemente los cálculos matemáticos que cotidianamente utilizamos en nuestra sociedad.
 
A pesar de la demostrada inexistencia de una Fuerza de características tan curiosas como la Gravedad, sigue siendo un componente imprescindible, en las más aceptadas teorías de la evolución y estado actual, del modelo inflacionario de nuestro Universo, mantenido por la ortodoxia científica. Desde la anciana teoría de la formación estelar y planetaria, hasta el mismísimo Big-Bang, pasando por insaciables agujeros negros, materias y energías oscuras, en todas, interviene necesariamente esta Fuerza misteriosa que ni tan siquiera existe. Se entiende que Laplace (Pierre Simon) defendiera la formación del sistema solar, basándose en la Gravedad newtoniana, cuando observaba las nebulosas galácticas con imprecisos y arcaicos telescopios, con la equivocada convicción de la relativa cercanía que se les suponía, pero una vez descartada esta Fuerza y el descubrimiento de la verdadera magnitud de nuestro Universo por Edwin Hubble, con la certeza de que lo que observaba Laplace en 1800 eran descomunales Galaxias, incluso mayores que la Vía Láctea, se hace incomprensible el mantenimiento de esta antigua teoría cuando sus principales argumentaciones han resultado totalmente erróneas. Pero todavía resulta más incomprensible, que teorías posteriores a estos descubrimientos, tan fundamentales como el origen de nuestro Universo o la existencia de sumideros cósmicos de una fuerza gravitatoria inimaginable, sigan manteniendo su validez basándose en este fenómeno. Seguimos utilizando esta obsesiva Fuerza inexistente como un componente imprescindible en las más actuales y aceptadas teorías en las que se fundamenta la naturaleza de nuestro Universo.

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