La Gravedad es la fuerza resultante de las leyes del movimiento de la mecánica clásica de Newton,
y la constante que resulta, es la más imprecisa y débil de las cuatro
fuerzas naturales que conocemos en la actualidad. La Gravedad es una
fuerza atractiva entre dos cuerpos, directamente proporcional al
producto de sus masas e inversamente proporcional al cuadrado de la
distancia entre ellos. Este principio fundamental de nuestra física
clásica continua vigente tres siglos más tarde de su advenimiento a
pesar de ser un concepto caduco y erróneo, brillantemente refutado en la
Relatividad General de Albert Einstein, hace prácticamente 100 años. La Gravedad, esa fuerza tan débil como misteriosa, calificada como divina por el propio Newton, sigue pesando como una losa en el desarrollo científico de la humanidad.

Es
uno de los conceptos científicos más arraigados en la sociedad, y su
anecdótico descubrimiento, tan famoso como seguramente falso, es el más
conocido incluso por los profanos en la materia, pero el caso es que
la manzana de Newton, parece ser que fue el golpe sobre su cabeza, inspiró a un joven e introvertido estudiante de
Cambridge
para desarrollar las leyes físicas que descubrirían la mecánica
universal que gobierna la naturaleza. Pero la historia es muy dada a
idealizar las situaciones y circunstacias que preceden e intervienen en
el resultado que se nos explica, y una manera muy eficaz para retener un
concepto es cargar su contenido con emociones y anécdotas que nos fijen
su recuerdo. Así prácticamente la totalidad de la sociedad occidental
conoce quién fue
Newton, sabe que seguramente le gustaban las manzanas, y es consciente de la
gravedad
del tema que trató. Bromas aparte, todos sabemos que existe una fuerza
que hace que todo caiga hacia el suelo, y todos sabemos que esa fuerza
es la
Fuerza de la Gravedad, es tan obvio y familiar
que podemos calcular inconscientemente el tiempo y la trayectoria de
pequeños objetos al caer. La Gravedad es un concepto físico tan natural
como el propio fenómeno y su desarrollo matemático es tan simple (a
primera vista) que desde su elaboración hasta nuestros días, no ha
sufrido ningún cambio en cuanto a la percepción lógica que tenemos de
él.
Pero la historia de la Gravedad guarda detalles que explican mejor
su verdadero origen, un origen lejos de la anecdótica inspiración de un
genial y excepcional científico en un momento de especial iluminación.
La
Ley de la Gravedad tiene su origen en una simple y ordinaria observación estudiada desde nuestros albores científicos:
La caída de los cuerpos.
Desde los tiempos de los grandes filósofos griegos hemos indagado en la
naturaleza de los movimientos, el comportamiento y la trayectoria de
los objetos al caer. Así el clásico concepto del "
impetus", que predominó hasta bien entrado el siglo XVII, fue transformado por el primer físico de la historia,
Galileo Galilei, en una elegante y exacta
Ley de la Inercia, que desarrolló matemáticamente, un siglo más tarde,
Isaac Newton en la primera de sus leyes del movimiento.
Galileo
fue el primero que observó la relación exacta entre la distancia y el
tiempo de caída de un objeto con mediciones objetivas y un método
verdaderamente científico. Un siglo antes lo había intentado el gran
Leonardo, pero ni este gran genio pudo explicar el fenómeno coherentemente, fue
Galileo el verdadero genio que nos llevó hacia la comprensión de este cotidiano y "
clásico" fenómeno.
Galileo
fue el primer físico mecánico de nuestra historia además del verdadero
arquitecto del Universo mecánico que conocemos. Gracias a su genio y
valentía (o temeridad) salimos de un verdadero atolladero en la
evolución científica, para dirigirnos a un mundo más racional y
humanista que disparó exponencialmente nuestra evolución tecnológica.
Los experimentos y pioneros estudios de
Galileo nos llevaron a
la precisión mecánica del tiempo, derivada de sus estudios sobre el
péndulo, que descubrieron a su vez, la caída uniformemente acelerada de
todos los cuerpos en el vacío, fue el pionero en la fabricación y
utilización de la tecnología en la ciencia y el verdadero artífice de la
implantación popular del
revolucionario Universo heliocéntrico de Copérnico,
que defendió hasta que amenazaron su vida. Estos estudios en manos de
un colega suyo, gran matemático y astrónomo (por entonces astrólogo) de
la Europa protestante, llamado
Johannes Kepler, fueron la base fundamental e imprescindible en el desarrollo de la primera ley de
Newton con la misma denominación, conocida como
Ley de Inercia de Newton. Los cálculos de esta ley llevaban, en el caso de la caída acelerada y uniforme de
Galileo, a una constante que
Newton bautizó como
Gravedad,
un término que en su época se utilizaba para cuantificar la masa de los
objetos y que actualmente denominamos Peso. Así que, si lo hubiéramos
descubierto en la actualidad, se habría llamado
Pesadez y en este artículo, extrapolando el término desde aquella época, hablaríamos de la
Ley de la Pesadez.
La época histórica que vivió
Newton no fue muy
benevolente, pero gracias a su situación familiar, él pudo sobrevivir a
la peste que asoló Londres y que diezmó (literalmente) su población. La
época que les tocó vivir a
Galileo y
Kepler fue mucho
más cruel y desgraciada, viviendo inmersos en una lucha de religiones
donde la herejía, que precedía a la hoguera, era el delito más común en
la Europa
pos-revolucionaria de Copérnico. Una época donde el
número de herejes y brujas que ardían en las llamas purificadoras de las
hogueras católicas sólo era superado por el número de libros que lo
hacían, recién salidos de las flamantes imprentas de la época. Así
Newton,
exento de tan acérrima censura y al abrigo de la iglesia anglicana,
escindida desde hacía más de un siglo, podía inspirarse con ideas más
libres e innovadoras. Y una de estas ideas publicada en una recopilación
extraordinaria sobre el magnetismo, sirvió de inspiración para extender
los principios de la inercia al Universo Heliocéntrico de
Copérnico,
Galileo y
Kepler. La obra referida se llamaba
"De magnete" o
"Sobre los imanes",
escrita por un médico inglés que recopiló todo el conocimiento
acumulado sobre este fenómeno desde la Grecia clásica en una gran obra, y
que concluía con una visión muy particular y atrevida sobre el Universo
de
Copérnico. El doctor
William Gilbert, trás años de
estudio y experimentación, concluía en esta obra que la Tierra actuaba
como un poderoso imán y responsabilizaba a esta causa, el inexplicable
funcionamiento de las brújulas, utilizadas desde el siglo X pero sin
ninguna explicación natural hasta entonces. Pero la idea más
sorprendente de sus estudios era la representación "
magnética" del moderno Universo
Heliocéntrico,
en la que representaba un Sistema planetario gobernado por fuerzas
magnéticas que actuaban a distancia y que daban forma a la estructura
del Universo conocido entonces.
Esta obra de ideas tan vanguardistas que vio la luz en 1600, año en que la "
Santa Inquisición" quemaba al gran humanista y científico
Giordano Bruno
en Roma, por sus heréticas ideas de un Universo poblado de estrellas
como nuestro Sol, en las que podía existir planetas con seres vivos como
el nuestro, fue censurada en la Europa católica y sólo su tratado
clásico, compatible con la ortodoxia católica, llegó a ojos de
Kepler y
Galileo
que no pudieron conocer los brillantes y coherentes razonamientos que
exponía su experto y estudioso autor. Es muy importante conocer la
relevancia que tuvieron estas ideas en los razonamientos de
Newton, que al contrario de sus geniales predecesores europeos, encontró en su propia universidad de
Cambridge
el soporte total sobre estas atrevidas ideas nacidas en el seno de esta
misma institución de la élite de esta época. De este modo
Newton
pudo dejar de lado, en el desarrollo matemático de su mecánica de los
movimientos, el inexplicable efecto de la acción a distancia entre dos
masas, poniendo como efecto comparativo el magnetismo, que de manera
conocida y natural, representaba una argumentación cuando menos
comparativa en su Universo mecánico gobernado por aceleraciones, fuerzas
y vectores. En definitiva,
Newton imaginó una especie de
fuerza atractiva muy similar al magnetismo, pero infinitamente mas
débil, como responsable principal del orden observado en el Universo,
que por entonces no llegaba más allá de Saturno. Este principio,
desarrollado matemáticamente con su innovador cálculo diferencial (él lo
llamaba
Fluxiones) le llevó a las famosas conclusiones, concretadas como las tres leyes del movimiento en su gran obra
"Philosophiae naturalis principia mathematica".
Desde entonces y hasta hoy, estas leyes se han convertido en verdaderos axiomas en nuestra física, y si bien en el caso de las leyes de Kepler lo son realmente, al tratarse de observaciones empíricas, en el caso de Newton
son sólo fruto de un desarrollo intelectual con el objetivo principal
de dar una explicación lógica y coherente a unos fenómenos naturales,
con las matemáticas que hemos desarrollado. El objetivo preconcebido del
desarrollo matemático de Newton iba dirigido a que los resultados no contravinieran las conclusiones de los grandes filósofos griegos, por lo que el concepto clásico
del orden Universal no debía salir mal parado, y así la idea equivocada
en la ciencia clásica de que la Luna se acercaba lenta e
inexorablemente a la Tierra, quedó totalmente razonada y encumbrada en
su elegante cálculo de Fuerzas. Así que esta obra matemática, que
gobierna la mecánica de los movimientos universales y que sirvió para
establecer unas leyes físicas que regían lo divino y lo humano, fue
fruto de un viejo ardid en la historia de la ciencia, encaminado
soslayadamente a la obtención de un resultado premeditado. Si la
extensión de las leyes del movimiento de Newton, que explicaban
de forma tan precisa la trayectoria de las balas de los cañones,
hubieran generado resultados contrarios al Universo clásico imperante todavía en tiempos de Newton, sus conclusiones no hubieran alcanzado la aceptación universal que gozan en nuestros días.
500 años antes,
Claudio Ptolomeo, un extraordinario matemático además de un gran astrónomo y filósofo, logró afianzar el erróneo Universo geocéntrico de
Aristóteles
con el desarrollo de un nuevo concepto geométrico que mantuvo cuatro
siglos más la esfericidad divina y aristotélica impuesta por la fe
católica. Ptolomeo utilizó los
epiciclos,
unos círculos con un centro en movimiento, que explicaban
razonablemente los movimientos retrógrados de los planetas. En este caso
como en el caso de la
Gravedad newtoniana, el desarrollo
matemático es de un gran valor para la evolución de la ciencia en su
conjunto, pero el gran error de percepción que lo sostiene, nos hizo y nos hace seguir, una trayectoria científica alejada de la más pura
objetividad que debe prevalecer obstinadamente en nuestro desarrollo
científico. Hace casi un siglo que
la Fuerza de Gravedad dejo de existir como tal,
Einstein nos descubrió que se trataba de un
espejismo físico, uno más, y que el fenómeno que apreciamos es en realidad una distorsión del tejido
espacio-temporal
que nos hace creer en una misteriosa Fuerza que atrae las masas entre
si, pero los efectos a escala humana son del todo inapreciables, por lo
que la mecánica de
Newton sigue constituyendo una herramienta matemática muy válida en la escala de nuestra realidad. Desde la
Teoría General de la Relatividad,
la Fuerza de la Gravedad ha perdido su categoría de Universal, y más
allá de la atmósfera de nuestro planeta ya no tiene ninguna validez,
pero en su superficie, la aparente simplicidad de su lógica, simplifica
enormemente los cálculos matemáticos que cotidianamente utilizamos en
nuestra sociedad.
A
pesar de la demostrada inexistencia de una Fuerza de características
tan curiosas como la Gravedad, sigue siendo un componente
imprescindible, en las más aceptadas teorías de la evolución y estado
actual, del modelo inflacionario de nuestro Universo, mantenido por la
ortodoxia científica. Desde la anciana teoría de la formación estelar y
planetaria, hasta el mismísimo
Big-Bang,
pasando por insaciables agujeros negros, materias y energías oscuras,
en todas, interviene necesariamente esta Fuerza misteriosa que ni tan
siquiera existe. Se entiende que
Laplace (
Pierre Simon) defendiera la formación del sistema solar, basándose en la
Gravedad newtoniana,
cuando observaba las nebulosas galácticas con imprecisos y arcaicos
telescopios, con la equivocada convicción de la relativa cercanía que se
les suponía, pero una vez descartada esta Fuerza y el descubrimiento de
la verdadera magnitud de nuestro Universo por
Edwin Hubble, con la certeza de que lo que observaba
Laplace en 1800 eran descomunales Galaxias, incluso mayores que la
Vía Láctea,
se hace incomprensible el mantenimiento de esta antigua teoría cuando
sus principales argumentaciones han resultado totalmente erróneas. Pero
todavía resulta más incomprensible, que teorías posteriores a estos
descubrimientos, tan fundamentales como el origen de nuestro Universo o
la existencia de sumideros cósmicos de una fuerza gravitatoria
inimaginable, sigan manteniendo su validez basándose en este fenómeno.
Seguimos utilizando esta obsesiva
Fuerza inexistente
como un componente imprescindible en las más actuales y aceptadas
teorías en las que se fundamenta la naturaleza de nuestro Universo.
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