Big-Bang o la gran explosión, así es como se llama el instante en que empezó todo, y todo quiere decir todo, antes de ese momento no existía nada, ni el vacío. El espacio y el tiempo, o mejor dicho el Espacio-Tiempo, empezó su singladura, según se calcula, hace 13.700 millones de años, apenas 20 órbitas de nuestra estrella al centro galáctico.
Para aquellos que no nos dedicamos a la astrofísica nos puede llamar la
atención, cómo unos humildes seres de una especie aún joven en términos
biológicos y evolutivos, que durante los años de existencia de cada uno
de sus curiosos individuos, sin poder observar más que un solo
fotograma de una inacabable película, un solo y brevísimo instante de
tiempo cósmico, hayamos sido capaces, a pesar de todo, de llegar a una
conclusión tan exacta y tan asombrosa. De cómo se ha llegado a esa
conclusión y de cómo se supone han transcurrido los acontecimientos en
su evolución, así como de la propia historia de esta teoría totalmente
aceptada, sin apenas discrepancias, por la totalidad de la comunidad
científica, vamos a tratar en este artículo. Una teoría que tuvo su
aparición a raíz de unas observaciones desde el telescopio óptico más
grande del mundo en ese momento, y que refutaba el reciente, estático y
relativo Universo del mismísimo Albert Einstein.
A finales de los años veinte, un brillante y concienzudo astrónomo americano, Edwin Hubble descubrió que el Universo, hasta entonces conocido, era mucho más grande de lo que podíamos imaginar. Hubble descubrió que las nebulosas, hasta entonces indefinibles masas de gas, no eran proto-estrellas en fase de formación, sino verdaderas y enormes Galaxias como la nuestra, que contenían sus propias y relampageantes estrellas cefeidas. Con este descubrimiento el tamaño del Universo conocido se multiplicó hasta el infinito. Ya no habría que buscar más límites, el Universo era tan grande que no estaríamos capacitados para encontrar un límite. Se dibujaba entonces un escenario compuesto por una maya espacio-temporal infinita donde orbitaban diferentes objetos celestes estructurados a modo fractal. En este Universo infinito y estacionario, sin Gravedad, sustituida por la distorsión espacio-temporal de Einstein, nos hubiéramos quedado si no es que el mismo astrónomo, el señor Edwin Hubble, se dio cuenta de que, esas nuevas Galaxias que había descubierto, se alejaban todas de la nuestra. Y no sólo eso, sino que se alejaban todas de todas, y mientras más separadas estaban, lo hacían a mayor velocidad. Era como si el Universo observable, ahora infinito, estuviera distribuido uniformemente en la superficie de un globo en permanente y acelerada expansión. Estábamos flotando en la superficie de una malla espacio-temporal de un globo cósmico en plena inflación.
Esta idea de malla inflacionaria llevó a pensar en una evolución Universal natural, el Universo se inflaba con una regla matemática simple, por lo que usando esa regla se podía calcular cuando estaba junto lo que ahora está separado. A partir de esta observación se pudo extraer una constante llamada de Hubble, ajustada en el transcurso de 4 décadas, con la que podemos llegar a un momento muy lejano en el pasado, donde comenzó todo, donde todo estaba en un mismo punto, donde la infinita masa y energía que compone nuestro Universo, se concentraba en un punto sin volumen más pequeño que un átomo. Según los últimos acuerdos ese verdadero "momentazo" ocurrió hace, milenio arriba, milenio abajo, 13.700 millones de años. Una cifra que curiosamente, se acerca mucho al valor de la distancia máxima de nuestro Universo observable, de unos 14.000 millones de años/luz. Recientemente, un satélite artificial, bautizado Hubble en honor del descubridor de las Galaxias, ha captado un puñado de fotones procedente del campo visible ultra profundo a una distancia de más de 13.000 millones de años/luz y sorprendentemente, se repite la homogeneidad de la estructura macro-cósmica. Cada vez queda más en evidencia ese inexplicable y milagroso Inicio Universal.
El promotor principal de esta teoría fue un joven físico y clérigo (vaya por Dios) llamado Georges Lemaître, y su "átomo primigenio" fue bendecido inmediatamente por el Papa Pio XII, que veía en ese, el gran momento de la intervención divina. Curiosamente el nombre da la teoría, el Big-Bang o Gran explosión, fue acuñado por su más acérrimo detractor Fred Hoyle, que contrariamente a este modelo, era defensor de un Universo estacionario estabilizado por una poderosa y desconocida fuente de producción de Hidrógeno. El modelo estable de Hoyle explicaba la síntesis de todos los átomos en las estrellas pero quedaba sin resolver la existencia del precursor de todos, el Hidrógeno. Este punto débil fue utilizado por dos Georges, Gamov y Lemaître, para imponer definitivamente la Teoría del Big-Bang, y si bien se reconoce todo el mérito de la núcleo-síntesis de los elementos a Fred Hoyle, el Hidrógeno necesario para la génesis y evolución del Universo se cree fue creado en este singular instante inicial, el Big-Bang.
A lo largo de las últimas décadas se han hecho multitud de correcciones sobre la evolución y origen de este instante tan singular, pero es la teoría más ampliamente aceptada por la ciencia y la sociedad, que cada día se familiariza más con este término, sin conocer las enormes lagunas matemáticas y físicas que deja en su desarrollo. Para empezar, y como más incomprensible para la lógica más básica, es cómo y de dónde aparece tal descomunal cantidad de materia y energía (hasta donde sabemos, el Universo es infinito), que además de ser infinita, supone una ínfima fracción residual de una aniquilación materia-antimateria trillones de veces mayor de lo que ha quedado, un Universo del que no vemos su fin. Según la teoría, en un primer micro instante inimaginable de tiempo (no existía aún), la materia contenida en este huevo cósmico más pequeño que un átomo (aún no existía el espacio), que contenía trillones de veces más masa que el Universo actual, desobedeciendo las leyes más básicas de nuestro conocimiento científico, se separaron a una velocidad superior a la de la Luz, con lo cuál si hubiéramos podido ir a verlo no lo hubiéramos visto, y a pesar de que todo este Hidrógeno primigenio no tenia obstáculo alguno, de hecho ni espacio, llega un momento, singular y caprichoso en que todo se frena y la refutada, ya betusta, Gravedad de Newton amalgama el Universo que vemos hoy. Según las evidencias del Hubble, el más preciso y potente telescopio óptico, puesto en órbita y ajustado recientemente, todo esto sucedió en 800 millones de años. La luz que nos llega del campo ultra profundo del Universo nos revela que hace 13.000 millones de años todo parecía estar como ahora. La estructura cósmica que revelan sus imágenes mantiene la misma homogeneidad que el resto del Universo que ya habíamos observado.
Tal vez sería más acertado que retomáramos el camino de reconocidos y eminentes matemáticos y físicos, como Hoyle y Einstein, y buscáramos dónde puede estar la misteriosa fuente de Hidrógeno que les falta a su modelo estacionario más coherente y estricto con las leyes físicas naturales que hemos descubierto a lo largo de nuestra singladura científica, que seguir un modelo donde sólo se nos explica un 4% de la realidad que percibimos. La perseverancia en este milagroso modelo nos ha llevado a necesitar una inexplicable Energía oscura, que supone un 73% de nuestro Universo, y otra más extraña y misteriosa si cabe, Materia oscura, que supone el 23%, dejándonos un minúsculo 4% para nuestra comprensión lógica. Si tenemos en cuenta la dualidad Materia-Energía desarrollada por Einstein y trágicamente demostrada en Hiroshima y Nagasaki, la obsesiva teoría del Big-Bang no explica el 96% de la Materia-Energía que detectamos en nuestro Universo. La ciencia actual, atascada en un modelo inflacionario, proveniente de un Divino Big-Bang, sólo es capaz de explicar el 4% de lo que existe. La física y la matemática, ciencias lógicas y puras, no deben perseguir una idea predeterminada sin más sustento que el teológico, la huella histórica (Aristarco, Ptolomeo, Kepler o Galileo) nos ha repetido en innumerables ocasiones que sólo produce retraso en nuestra evolución científica y social. Tal vez deberíamos apartar, definitivamente, nuestros nobles y humanos sentimientos espirituales, de la ciencia lógica y racional.




