El modelo simple del Universo


Para poder comprender la verdadera naturaleza de nuestro Universo debemos ser conscientes de los límites naturales de nuestra percepción. La escala espacio-temporal de la realidad humana limita enormemente la gama de fenómenos físicos que podemos llegar a comprender. Nuestra realidad transcurre entre dos límites físicos, que a medida que avanza nuestro conocimiento, se asemejan más, pero que desde nuestra situación espacio-temporal, el perpetuo fotograma macro-cósmico que estamos condenados a contemplar durante toda nuestra existencia, parece radicalmente distinto a los escurridizos componentes fundamentales que intentamos descubrir con los modernos aceleradores de partículas.
Nuestra propia naturaleza delimita la comprensión de los fenómenos físicos que construyen la realidad que percibimos.
 Desde los albores científicos de nuestra especie, nuestra limitada realidad tridimensional ha transformado todos los fenómenos naturales en ciclos. Desde nuestras primeras observaciones del inmenso cosmos a ojo desnudo, hasta las actuales, que violan la intimidad de la materia, sólo vemos fenómenos cíclicos que en ningún caso hemos podido demostrar empíricamente. Ni la más cercana estrella a nuestro sistema planetario, ni el mayor de los átomos del zoo de elementos que forman toda la materia que nos rodea y constituye, parece que tengan una verdadera naturaleza cíclica, en el caso macro-cósmico por su eterna y aparente inmutabilidad, y en el caso atómico por su natural e inexorable desintegración. La percepción cíclica de todos los fenómenos naturales que observamos, ha lastrado permanentemente nuestra comprensión de la naturaleza física de la realidad que da forma a nuestra propia existencia, y así, desde hace doscientos mil años hasta la actualidad, el ser humano ha percibido esta realidad con una evidente y clara naturaleza cíclica. 
 
 Cualquier movimiento que estudiamos o percibimos parece de naturaleza cíclica: El amanecer diario, las fases lunares, las estaciones anuales, los ciclos solares o los ciclos celestes. Vemos frecuencias muy definidas en todos los fenómenos físicos que descubrimos y esto nos ha llevado a creer que la naturaleza está regida por ciclos perpetuos y definidos, que actualmente se han transformado en un dogma de fe. El componente dogmático es de tal relevancia en nuestra comprensión de la realidad, que no dejamos el más mínimo resquicio para la duda en este sentido. Todas las religiones y creencias que aún perduran nos venden una nueva oportunidad, una nueva vida donde todo vuelve a comenzar. Ya sea en forma de reencarnación o una nueva dimensión, la humanidad entera parece estar de acuerdo en que hasta nuestra propia existencia es cíclica. La fe religiosa ha sido, y es, la única responsable de esta engañosa percepción y la única interesada en su mantenimiento, seguramente con la maliciosa intención de perpetuar el conformismo de nuestra realidad social actual. Así el 99% de almas que medran en la superficie terrestre creen que en la próxima vida todo irá mejor, y algunos hasta creen que los sufrimientos soportados en ésta serán compensados y hasta premiados en la otra, o siguiente según la fe.
 
 La escala humana está claramente delimitada desde nuestros comienzos como sociedad científica, y desde los tiempos de la Grecia clásica, los conceptos del átomo, como último componente indivisible, y la infinita magnitud del Universo, no han variado en esencia. En la actualidad, y tras el desarrollo tecnológico exponencial de los dos últimos siglos, tan solo hemos podido profundizar poco más allá en estos conceptos. Hemos descubierto un nuevo zoo de subpartículas atómicas (más de 200), componentes fundamentales de los 118 elementos atómicos que forman toda la materia que existe en nuestro Universo, y hemos llegado a los límites observables del Universo que nos rodea con la plausible conclusión de su naturaleza infinita. La conclusión más clara a la que hemos llegado es que hay dos únicos responsables que nos impiden escudriñar más allá: El tiempo y la luz. La luz porque supone la enigmática frontera entre la energía y la materia con las que interactuamos, y el tiempo porque limita nuestra observación en ambos extremos de la escala espacio-temporal de nuestros sentidos. Así que por mucho que avanzamos en nuestro desarrollo tecnológico, la velocidad de la luz limita nuestro horizonte macro-cósmico observable a 14.000 años/luz, y la propia naturaleza de la luz se esconde tras fracciones temporales ínfimas, muy lejos del alcance de nuestras más modernas y vanguardistas tecnologías.
  
En los extremos de nuestra realidad, la tecnología nos ha ayudado enormemente a marcar los límites en cada momento de nuestra historia y actualmente, a escala cuántica, los modernos aceleradores de partículas consiguen destrozar partículas atómicas individuales que nos permiten vislumbrar, durante fracciones minúsculas e inimaginables de tiempo, la existencia de componentes de materia que se escapan de nuestra realidad con una celeridad fantasmagórica. A escala macro-cósmica nuestros más potentes telescopios y radiotelescopios nos descubren cada día nuevas fronteras que se acercan cada vez más al límite marcado por la velocidad de la luz, así en la actualidad hemos podido observar galaxias que sobrepasan los 13.200 años luz de distancia, y por lo tanto también de existencia. Pero estos avances lejos de ser frustrantes nos han traído a una sociedad tecnológica impensable un siglo atrás y nos han descubierto un patrón universal que parece residir a todos los niveles de nuestra realidad. Desde la escala subatómica a la escala macroscópica, pasando por la propia codificación genética de la vida, parece existir una organización geométrica que se repite en todos los niveles, una forma espiral persistente que actúa como patrón evolutivo en cada uno de ellos. A escala subatómica, dibujando el movimiento de desintegración de estos elementos y a escala cosmológica, como un inmutable patrón de todas las estructuras que podemos observar, desde nuestro propio sistema solar, a los enormes cúmulos galácticos formados por agrupaciones de enormes y elípticas galaxias espirales, entre ellas la Vía Láctea.
 
 Este patrón geométrico básico, parece tener una evolución en cada uno de los extremos de la escala que podemos percibir, pero en ambos casos indemostrable desde nuestra limitada percepción natural. A escala atómica el principio de incertidumbre, enunciado por Werner Heisenberg en 1927, parece imposibilitar definitivamente cualquier acercamiento más allá de la teoría, y a escala cósmica la inmutabilidad aparente del Universo más allá de nuestro sistema solar, nos impide ver el siguiente fotograma de la película en la que sabemos estar participando como principales protagonistas. Pero la forma espiral de este patrón parece indicar la existencia de esta evolución y es bastante lógico pensar, que al igual que ocurre con otros fenómenos naturales más accesibles para nuestros sentidos, la estructura espiral es la forma natural que adopta una acumulación de cuerpos o partículas cuando existen dos componentes perpendiculares en el movimiento del conjunto, es el caso de un desagüe observado perpendicularmente, donde cualquier partícula en su interior se precipita al centro a la vez que hacia el fondo, y es también el caso de un ciclón observado desde la estratosfera, donde cada molécula de agua es absorbida hacia la atmósfera a la vez que hacia el exterior del remolino.
 
 
Desde nuestra percepción sensorial nos resulta enormemente difícil extrapolar este modelo a cualquiera de las fronteras de nuestra percepción, porque el componente vertical de los ejemplos anteriores es ni más ni menos que el tiempo, y el tiempo no lo percibimos como un componente espacial, para nuestro intelecto el tiempo es una sucesión de cambios posicionales en un mismo plano. Desde nuestro punto de observación, no podemos percibir la profundidad temporal de estos sucesos, y esta realidad se nos aparece como diferentes fotogramas planos y sin el componente dimensional añadido que es tiempo, y que conocemos empíricamente desde el desarrollo de la Relatividad de Einstein. Así que debemos conformarnos con dibujar las trayectorias de la descomposición de las partículas que emergen del choque de los protones acelerados, y con la observación de planas y hasta rechonchas galaxias elípticas, que permanecen inmóviles para cualquier telescopio o radiotelescopio de nuestro más moderno y avanzado arsenal tecnológico. Pero aún así, conociendo nuestra discapacidad espacio-temporal para la percepción de estos fenómenos, hemos podido construir un modelo virtual y multi-dimensional, que nos permite construir una evolución plausible para cada uno de estos casos que retan nuestro intelecto, aunque eso si, con direcciones temporales opuestas y aleatorias en cada uno de ellos. Para el mundo microscópico hemos adoptado la analogía con el ciclón, con el componente temporal emergiendo hacia el exterior, y para el macroscópico la analogía con el desagüe, con el componente temporal tendiendo hacia un centro que parece atraer toda la materia de su alrededor. Dos estructuras completamente similares pero con la flecha temporal invertida, en una el tiempo juega un papel expansivo y en otra un papel retraído, que no varía la estructura final que nos encontramos.
 
 En el caso subatómico resulta bastante evidente que la flecha del tiempo nos indica una dirección muy definida, pero en la escala macro-cósmica no perece haber una dirección definida. Si bien el inicio explosivo del Universo parece que tuvo una dirección temporal muy concreta, a lo largo de su evolución, esta flecha temporal parece invertir su trayectoria caprichosamente según el estadio que estudiemos. Parece ser que tras la gran explosión, que marcó el inicio del espacio y el tiempo, hubo un periodo de inflación súper-lumínico, en el que el Universo infló su volumen millones de veces en un breve instante de tiempo, y que a partir de ese momento, sin explicación coherente hasta el momento, cambió este sentido para amalgamar las formaciones galácticas que observamos, y de nuevo, hace 13.000 millones de años, volvió a expandirse aceleradamente hasta nuestros días. Pero aún así, los sistemas planetarios, Galaxias y cúmulos galácticos, sus estructuras intermedias, continúan teniendo el componente temporal invertido en relación al conjunto, que representa la totalidad de nuestro Universo. No hay ninguna explicación lógica que sirva de razonamiento consistente para que esto sea así, pero parece que si queremos explicar la evolución de este Universo originado en un milagroso Big Bang no puede ser de otra manera. Y parece que para mantener este extraordinario modelo, tenemos también que añadir algo de materia y energía para que nos salgan los números; un nada desdeñable 96% que multiplica por veinte la materia y energía que observamos y detectamos.
 
 
De todos estos vaivenes temporales parece más lógico pensar en la existencia de un patrón más simple y coherente que concuerde con la información y datos empíricos alcanzados con nuestra observación y tecnología. Si la dirección temporal de los fenómenos subatómicos resulta absolutamente diáfana, y a escala macro-cósmica parece bastante demostrado que nuestro Universo está en expansión, no tiene mucho sentido mantener la dirección temporal de las estructuras intermedias invertidas en relación a sus extremos, los que delimitan nuestra escala espacio-temporal. Estamos obcecados con la atracción gravitacional, basada en una fuerza que hace 100 años se demostró como espejismo físico y del todo inexistente, que se encarga de atraer supuestamente todos los objetos hacia un centro devorador, a modo de desagüe, y tanto los sistemas planetarios y galácticos, cúmulos y satélites, tienen un futuro predecible, todo ello a pesar que en nuestro territorio más cercano esta demostrado, desde finales de la década de los 70, que la flecha del tiempo coincide con la de los extremos. Desde Julio de 1969, el Apolo XI dejó en la superficie de nuestro satélite un juego de espejos de luz láser que permiten conocer la distancia de nuestro satélite con una precisión milimétrica, y desde entonces sabemos, con absoluta certeza, que nuestro satélite se separa de nosotros 3,8 cm. cada año.
 
 La forma de las estructuras no prueba en ningún caso una dirección temporal determinada, la espiral es una figura geométrica válida tanto para un desagüe como para un ciclón, donde las flechas temporales están invertidas. Hasta el momento nadie ha observado un agujero negro engullendo ninguna estrella, al contrario, en el centro de nuestra propia Galaxia parece haberse producido un fenómeno que lo refuta, y en 2006, en el instituto astronómico alemán Max Planck, se obtuvieron datos de la aparición de una nueva estrella durante las observaciones que se están llevando a cabo desde hace más de 20 años sobre nuestro centro galáctico en frecuencias de radio. Si como parece, hemos conseguido avanzar un fotograma en esta interminable película, este nuevo fotograma nos muestra una dirección, y la dirección coincide con la única que podemos esperar, y la única que podemos demostrar en los extremos de nuestra escala. Nada impide una evolución paralela en todas las estructuras de nuestro Universo, y ninguna observación puede refutar una única y lógica dirección temporal de todas ellas. Es totalmente plausible un Universo estable donde se creen eternamente nuevas galaxias, estrellas y planetas que den lugar al Universo homogéneo que observamos sin necesidad de un inicio, tan explosivo como milagroso, y sin necesidad de inventar un 96% de su naturaleza que lo haga creíble.
 
 
La inexplicable síntesis del Hidrógeno, motivo principal de la imposición católica del modelo inflacionario del Big Bang, podría tener lugar en el centro de las Galaxias, y ser estos centros galácticos las fuentes que Fred Hoyle no llegó a encontrar, y que descartaron definitivamente el modelo del Estado Estacionario de su Universo. Los terribles agujeros que tragan estrellas con feroz apetito podrían ser realmente fuentes productoras de cantidades ingentes de Hidrógeno en forma de estrellas, y estás a su vez, fruto del residuo de su combustión, las creadoras de sus planetas, y estos, en su edad temprana, de sus satélites como ya advirtió el gran físico Sir George Darwin, hijo del célebre y "maldito" Charles. No existe ninguna observación que pruebe la existencia de una fuerza capaz de amalgamar polvo estelar y dar origen a un planeta y mucho menos una estrella. El único modelo que amalgama materia para convertirla en estrella nació de un error de observación que creía que las, por entonces, desconocidas Galaxias eran sistemas planetarios en formación, un modelo que está basado en una fuerza inexistente, la Gravedad, pero que en el siglo 18 era irrefutable y convertida ya en axioma. De las puras y objetivas observaciones, podemos extraer un Modelo Simple de nuestro Universo en perpetua evolución sin origen ni final y con un patrón único que nos sitúa a nosotros, organismos conscientes de esta realidad, en un centro relativo de una escala delimitada clara y únicamente por el tiempo, la dimensión que todavía no comprendemos en su esencia, y que marca inexorablemente la naturaleza y el devenir de nuestra existencia. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Teoría del Todo con cero parámetros libres

 ¿Es esta la Teoría del Todo definitiva?  5 claves del Framework Armónico Unificado En el panorama de la física teórica contemporánea, nos h...