Nuestra propia naturaleza delimita la comprensión de los fenómenos físicos que construyen la realidad que percibimos.
Desde los albores científicos de nuestra especie, nuestra limitada realidad tridimensional ha transformado todos los fenómenos naturales en ciclos. Desde nuestras primeras observaciones del inmenso cosmos a ojo desnudo, hasta las actuales, que violan la intimidad de la materia, sólo vemos fenómenos cíclicos que en ningún caso hemos podido demostrar empíricamente. Ni la más cercana estrella a nuestro sistema planetario, ni el mayor de los átomos del zoo de elementos que forman toda la materia que nos rodea y constituye, parece que tengan una verdadera naturaleza cíclica, en el caso macro-cósmico por su eterna y aparente inmutabilidad, y en el caso atómico por su natural e inexorable desintegración. La percepción cíclica de todos los fenómenos naturales que observamos, ha lastrado permanentemente nuestra comprensión de la naturaleza física de la realidad que da forma a nuestra propia existencia, y así, desde hace doscientos mil años hasta la actualidad, el ser humano ha percibido esta realidad con una evidente y clara naturaleza cíclica.
Cualquier
movimiento que estudiamos o percibimos parece de naturaleza cíclica: El
amanecer diario, las fases lunares, las estaciones anuales, los ciclos
solares o los ciclos celestes. Vemos frecuencias muy definidas en todos
los fenómenos físicos que descubrimos y esto nos ha llevado a creer que
la naturaleza está regida por ciclos perpetuos y definidos, que
actualmente se han transformado en un dogma de fe. El componente
dogmático es de tal relevancia en nuestra comprensión de la realidad,
que no dejamos el más mínimo resquicio para la duda en este sentido.
Todas las religiones y creencias que aún perduran nos venden una nueva
oportunidad, una nueva vida donde todo vuelve a comenzar. Ya sea en
forma de reencarnación o una nueva dimensión, la humanidad entera parece
estar de acuerdo en que hasta nuestra propia existencia es cíclica. La
fe religiosa ha sido, y es, la única responsable de esta engañosa
percepción y la única interesada en su mantenimiento, seguramente con la
maliciosa intención de perpetuar el conformismo de nuestra realidad
social actual. Así el 99% de almas que medran en la superficie terrestre
creen que en la próxima vida todo irá mejor, y algunos hasta creen que
los sufrimientos soportados en ésta serán compensados y hasta premiados
en la otra, o siguiente según la fe.
La escala humana está claramente delimitada desde nuestros
comienzos como sociedad científica, y desde los tiempos de la Grecia
clásica, los conceptos del átomo, como último componente indivisible, y la
infinita magnitud del Universo, no han variado en esencia. En la
actualidad, y tras el desarrollo tecnológico exponencial de los dos
últimos siglos, tan solo hemos podido profundizar poco más allá en estos
conceptos. Hemos descubierto un nuevo zoo de subpartículas atómicas
(más de 200), componentes fundamentales de los 118 elementos atómicos
que forman toda la materia que existe en nuestro Universo, y hemos
llegado a los límites observables del Universo que nos rodea con la
plausible conclusión de su naturaleza infinita. La conclusión más clara a
la que hemos llegado es que hay dos únicos responsables que nos impiden
escudriñar más allá: El tiempo y la luz. La luz porque supone la
enigmática frontera entre la energía y la materia con las que
interactuamos, y el tiempo porque limita nuestra observación en ambos
extremos de la escala espacio-temporal de nuestros sentidos. Así que por
mucho que avanzamos en nuestro desarrollo tecnológico, la velocidad de
la luz limita nuestro horizonte macro-cósmico observable a 14.000
años/luz, y la propia naturaleza de la luz se esconde tras fracciones
temporales ínfimas, muy lejos del alcance de nuestras más modernas y
vanguardistas tecnologías.
En
los extremos de nuestra realidad, la tecnología nos ha ayudado
enormemente a marcar los límites en cada momento de nuestra historia y
actualmente, a escala cuántica, los modernos aceleradores de partículas
consiguen destrozar partículas atómicas individuales que nos permiten
vislumbrar, durante fracciones minúsculas e inimaginables de tiempo, la
existencia de componentes de materia que se escapan de nuestra realidad
con una celeridad fantasmagórica. A escala macro-cósmica nuestros más
potentes telescopios y radiotelescopios nos descubren cada día nuevas
fronteras que se acercan cada vez más al límite marcado por la velocidad
de la luz, así en la actualidad hemos podido observar galaxias que
sobrepasan los 13.200 años luz de distancia, y por lo tanto también de
existencia. Pero estos avances lejos de ser frustrantes nos han traído a
una sociedad tecnológica impensable un siglo atrás y nos han
descubierto un patrón universal que parece residir a todos los niveles
de nuestra realidad. Desde la escala subatómica a la escala
macroscópica, pasando por la propia codificación genética de la vida,
parece existir una organización geométrica que se repite en todos los
niveles, una forma espiral persistente que actúa como patrón evolutivo
en cada uno de ellos. A escala subatómica, dibujando el movimiento de
desintegración de estos elementos y a escala cosmológica, como un
inmutable patrón de todas las estructuras que podemos observar, desde
nuestro propio sistema solar, a los enormes cúmulos galácticos formados
por agrupaciones de enormes y elípticas galaxias espirales, entre ellas
la Vía Láctea.
Este patrón geométrico básico, parece tener una evolución en cada
uno de los extremos de la escala que podemos percibir, pero en ambos
casos indemostrable desde nuestra limitada percepción natural. A escala
atómica el principio de incertidumbre, enunciado por Werner Heisenberg
en 1927, parece imposibilitar definitivamente cualquier acercamiento
más allá de la teoría, y a escala cósmica la inmutabilidad aparente del
Universo más allá de nuestro sistema solar, nos impide ver el siguiente
fotograma de la película en la que sabemos estar participando como
principales protagonistas. Pero la forma espiral de este patrón parece
indicar la existencia de esta evolución y es bastante lógico pensar, que
al igual que ocurre con otros fenómenos naturales más accesibles para
nuestros sentidos, la estructura espiral es la forma natural que adopta
una acumulación de cuerpos o partículas cuando existen dos componentes
perpendiculares en el movimiento del conjunto, es el caso de un desagüe
observado perpendicularmente, donde cualquier partícula en su interior
se precipita al centro a la vez que hacia el fondo, y es también el caso
de un ciclón observado desde la estratosfera, donde cada molécula de
agua es absorbida hacia la atmósfera a la vez que hacia el exterior del
remolino.
Desde
nuestra percepción sensorial nos resulta enormemente difícil extrapolar
este modelo a cualquiera de las fronteras de nuestra percepción, porque
el componente vertical de los ejemplos anteriores es ni más ni menos
que el tiempo, y el tiempo no lo percibimos como un componente espacial,
para nuestro intelecto el tiempo es una sucesión de cambios
posicionales en un mismo plano. Desde nuestro punto de observación, no
podemos percibir la profundidad temporal de estos sucesos, y esta
realidad se nos aparece como diferentes fotogramas planos y sin el
componente dimensional añadido que es tiempo, y que conocemos
empíricamente desde el desarrollo de la Relatividad de Einstein.
Así que debemos conformarnos con dibujar las trayectorias de la
descomposición de las partículas que emergen del choque de los protones
acelerados, y con la observación de planas y hasta rechonchas galaxias
elípticas, que permanecen inmóviles para cualquier telescopio o
radiotelescopio de nuestro más moderno y avanzado arsenal tecnológico.
Pero aún así, conociendo nuestra discapacidad espacio-temporal para la
percepción de estos fenómenos, hemos podido construir un modelo virtual
y multi-dimensional, que nos permite construir una evolución plausible
para cada uno de estos casos que retan nuestro intelecto, aunque eso si,
con direcciones temporales opuestas y aleatorias en cada uno de ellos.
Para el mundo microscópico hemos adoptado la analogía con el ciclón, con
el componente temporal emergiendo hacia el exterior, y para el
macroscópico la analogía con el desagüe, con el componente temporal
tendiendo hacia un centro que parece atraer toda la materia de su
alrededor. Dos estructuras completamente similares pero con la flecha
temporal invertida, en una el tiempo juega un papel expansivo y en otra
un papel retraído, que no varía la estructura final que nos encontramos.
En el caso subatómico resulta bastante evidente que la flecha del
tiempo nos indica una dirección muy definida, pero en la escala
macro-cósmica no perece haber una dirección definida. Si bien el inicio
explosivo del Universo parece que tuvo una dirección temporal muy
concreta, a lo largo de su evolución, esta flecha temporal parece
invertir su trayectoria caprichosamente según el estadio que estudiemos.
Parece ser que tras la gran explosión, que marcó el inicio del espacio y
el tiempo, hubo un periodo de inflación súper-lumínico, en el que el
Universo infló su volumen millones de veces en un breve instante de
tiempo, y que a partir de ese momento, sin explicación coherente hasta
el momento, cambió este sentido para amalgamar las formaciones
galácticas que observamos, y de nuevo, hace 13.000 millones de años,
volvió a expandirse aceleradamente hasta nuestros días. Pero aún así,
los sistemas planetarios, Galaxias y cúmulos galácticos, sus estructuras
intermedias, continúan teniendo el componente temporal invertido en
relación al conjunto, que representa la totalidad de nuestro Universo.
No hay ninguna explicación lógica que sirva de razonamiento consistente
para que esto sea así, pero parece que si queremos explicar la evolución
de este Universo originado en un milagroso Big Bang no puede ser de
otra manera. Y parece que para mantener este extraordinario modelo,
tenemos también que añadir algo de materia y energía para que nos salgan
los números; un nada desdeñable 96% que multiplica por veinte la materia y energía que observamos y detectamos.
De
todos estos vaivenes temporales parece más lógico pensar en la
existencia de un patrón más simple y coherente que concuerde con la
información y datos empíricos alcanzados con nuestra observación y
tecnología. Si la dirección temporal de los fenómenos subatómicos
resulta absolutamente diáfana, y a escala macro-cósmica parece bastante
demostrado que nuestro Universo está en expansión, no tiene mucho
sentido mantener la dirección temporal de las estructuras intermedias
invertidas en relación a sus extremos, los que delimitan nuestra escala
espacio-temporal. Estamos obcecados con la atracción gravitacional,
basada en una fuerza que hace 100 años se demostró como espejismo físico
y del todo inexistente, que se encarga de atraer supuestamente todos
los objetos hacia un centro devorador, a modo de desagüe, y tanto los
sistemas planetarios y galácticos, cúmulos y satélites, tienen un futuro
predecible, todo ello a pesar que en nuestro territorio más cercano
esta demostrado, desde finales de la década de los 70, que la flecha del
tiempo coincide con la de los extremos. Desde Julio de 1969, el Apolo
XI dejó en la superficie de nuestro satélite un juego de espejos de luz
láser que permiten conocer la distancia de nuestro satélite con una
precisión milimétrica, y desde entonces sabemos, con absoluta certeza,
que nuestro satélite se separa de nosotros 3,8 cm. cada año.
La forma de las estructuras no prueba en ningún caso una dirección
temporal determinada, la espiral es una figura geométrica válida tanto
para un desagüe como para un ciclón, donde las flechas temporales están
invertidas. Hasta el momento nadie ha observado un agujero negro
engullendo ninguna estrella, al contrario, en el centro de nuestra
propia Galaxia parece haberse producido un fenómeno que lo refuta, y en
2006, en el instituto astronómico alemán Max Planck, se
obtuvieron datos de la aparición de una nueva estrella durante las
observaciones que se están llevando a cabo desde hace más de 20 años
sobre nuestro centro galáctico en frecuencias de radio. Si como parece,
hemos conseguido avanzar un fotograma en esta interminable película,
este nuevo fotograma nos muestra una dirección, y la dirección coincide
con la única que podemos esperar, y la única que podemos demostrar en
los extremos de nuestra escala. Nada impide una evolución paralela en
todas las estructuras de nuestro Universo, y ninguna observación puede
refutar una única y lógica dirección temporal de todas ellas. Es
totalmente plausible un Universo estable donde se creen eternamente
nuevas galaxias, estrellas y planetas que den lugar al Universo
homogéneo que observamos sin necesidad de un inicio, tan explosivo como
milagroso, y sin necesidad de inventar un 96% de su naturaleza que lo haga creíble.
La inexplicable síntesis del Hidrógeno, motivo principal de la imposición católica del modelo inflacionario del Big Bang, podría tener lugar en el centro de las Galaxias, y ser estos centros galácticos las fuentes que Fred Hoyle no llegó a encontrar, y que descartaron definitivamente el modelo del Estado Estacionario
de su Universo. Los terribles agujeros que tragan estrellas con feroz
apetito podrían ser realmente fuentes productoras de cantidades ingentes
de Hidrógeno en forma de estrellas, y estás a su vez, fruto del residuo
de su combustión, las creadoras de sus planetas, y estos, en su edad
temprana, de sus satélites como ya advirtió el gran físico Sir George Darwin, hijo del célebre y "maldito" Charles.
No existe ninguna observación que pruebe la existencia de una fuerza
capaz de amalgamar polvo estelar y dar origen a un planeta y mucho menos
una estrella. El único modelo que amalgama materia para convertirla en
estrella nació de un error de observación que creía que las, por
entonces, desconocidas Galaxias eran sistemas planetarios en formación,
un modelo que está basado en una fuerza inexistente, la Gravedad, pero que en el siglo 18 era irrefutable y convertida ya en axioma. De las puras y objetivas observaciones, podemos extraer un Modelo Simple
de nuestro Universo en perpetua evolución sin origen ni final y con un
patrón único que nos sitúa a nosotros, organismos conscientes de esta
realidad, en un centro relativo de una escala delimitada clara y
únicamente por el tiempo, la dimensión que todavía no comprendemos en su
esencia, y que marca inexorablemente la naturaleza y el devenir de
nuestra existencia.






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